Yo me confieso con Dios…

Pues hace usted muy bien. Si usted ha pecado, Dios es el ofendido, Dios es quien le ha de perdonar y, por lo tanto, con Él debe confesarse usted y todo aquel que se encuentre en su caso. La propia Iglesia tiene en su liturgia una oración que se reza oficialmente como preparación para la Confesión. Esta oración se llama el Confiteor, y comienza así: «Yo pecador me confieso a Dios Todopoderoso…»

«A quienes les perdonáreis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviéreis, les serán retenidos». (San Juan XX, 22-23).

Ahora bien, para perdonar una falta, es preciso primero conocerla. Jesucristo, pues, quiso que nos confesáramos con sus Ministros, los Sacerdotes. El sabía, claro está, que lo esencial es el arrepentimiento, pues sin él la confesión no es válida. Pero nunca dijo que bastara con el arrepentimiento solo. Antes al contrario, dejó bien claramente estatuída la necesidad de confesarse con un Sacerdote.

Jesucristo tenía que proceder en esa forma, porque Él conocía mejor que nadie la condición humana, el carácter de las personas, y sabía perfectamente que éstas necesitaban de los actos exteriores. No es lo mismo hablar contra una pared que con otro hombre.

Aun sin tratarse de confesión, cualquiera que tenga una tribulación, un gran disgusto, una preocupación que lo agobie, busca siempre a un amigo de confianza, a un confidente, y le cuenta su problema. Lo más probable es que el tal amigo no pueda resolverlo, pero por el simple hecho de contarlo, por compartir con otro la pena, parece como si ésta se aligerara. La ciencia médica conoce bien este fenómeno, y por eso los especialistas de enfermedades nerviosas que tratan a un enfermo mental, lo interrogan largamente durante horas y horas hasta extraerle los más recónditos secretos, pues saben que el solo hecho de exteriorizar sus problemas coloca al paciente en mejores condiciones para ser curado.

Pues bien, este hecho lo conocía Jesucristo veinte siglos antes de que lo descubriera la Medicina, y tal vez fué ésta una de las razones que lo impulsó a instituir la confesión.

Es cosa clara y evidente, pues, que la verdadera, la única Confesión válida es aquella que se hace con el Sacerdote, y también que ella es saludable para la mente.

¿Le resulta a Ud. duro confesar sus faltas a otro hombre? A mí también. No hay duda de que no es agradable. Sin embargo, hay que pensar en lo mucho que se obtiene por tan poco. Va Ud. a decir sus pecados a un solo hombre, a un hombre que está obliga do rigurosamente a guardar el más estricto secreto sobre ellos, aun a riesgo de su propia vida. No es raro el caso del sacerdote que ha llegado hasta el martirio por negarse a revelar el secreto de la Confesión. Y, como si todo esto fuera poco, cuenta Ud. por anticipado con el derecho al perdón.

Compare Ud. lo mucho más fácil que resulta borrar una falta ante Dios y librarse así de la pena eterna, que borrar una falta ante los hombres y librarse de la pena impuesta por la justicia humana. Suponga por un momento que Ud. hubiera cometido un delito (un robo, por ejemplo) y que, con contárselo al juez, en privado, y sabiendo que éste había de guardarle el secreto, se librara Ud. de todo castigo… ¿No es mucho más benévola la justicia de Dios que la de los hombres?

El sacerdote tiene el poder, dado por el propio Jesucristo, de perdonar los pecados.

La única confesión válida es la que se efectúa ante el Sacerdote.

La Confesión es saludable: alivia el espíritu.

La Confesión es generosa: nadie da tanto por tan poco.

(Cfr. Sepa defender su fe II, Sal Terrae, colección Por qué creo).