Ya no os llamo siervos

Domingo 6º de Pascua – Ciclo B

“Y mandó bautizarlos en nombre de Jesucristo (Hechos de los Apóstoles 10, 25-26.34-35.44-48)

La predicación apostólica venía acompañada con la fuerza prometida por el Señor cuando los discípulos aprendían a extender el Evangelio. En aquel pasaje en el que Jesús los envía a predicar a las aldeas, vuelven radiantes porque han sido capaces de expresarse y ver los frutos de su predicación. Ahora, tras la resurrección, lo viven más profundamente. Es el Espíritu Santo el que vivifica nuestro interior y nos hace más fuertes, más fieles y más hijos de Dios. Lo anunció Juan: “Tras de mi viene otro que os bautizará con Espíritu Santo”. No lo olvidemos. El bautismo nos hace hijos de Dios, nos perdona los pecados y nos infunde la fuerza del Espíritu Santo.

“En esto consiste el amor” (Juan 4, 7-10)

San Juan nos revela en este fragmento algo que no siempre entendemos bien. Pensamos que a Dios lo “alcanzamos” por quererle mucho o por sentir la admiración de su grandeza. Pero nos olvidamos que Él nos amó primero y que somos el desvelo de sus pensamientos. Somos creaturas suyas, hemos salido de su voluntad y le duele las infidelidades de nuestra vida y nuestros actos. Hasta el punto de enviarnos a su Hijo para rectificar nuestras erráticas vidas. Quiere lo mejor para nosotros, aunque nosotros prefiramos las bagatelas de la tierra a los tesoros de su eternidad. El amor verdadero tiene su origen en Él, de ahí que amar es conocer “a Dios, porque Dios es amor”.

“Esto os mando: que os améis unos a otros” (Juan 15, 9-17)

En estos momentos de la Historia, realmente estas palabras suenan raras. En este mundo en el que la generosidad anda escondida, el altruismo es una perla difícil de encontrar, donde la división, el egoismo, el particularismo y la mentira han sentado cátedra, lo del amor al prójimo anda un poco en desuso. Estamos tan entretenidos en los grandes proyectos, en las conquistas de otros mundos, en alcanzar la inmortalidad en la tierra, que nos olvidamos de cosas tan sencillas y elementales como el apreciar al que tenemos al lado. Es verdad que somos capaces de grandes cosas en momentos puntuales: recogida de alimentos, generosidad monetaria para quienes menos tienen, pero “soportar con paciencia los defectos del prójimo”, se ha vuelto un lujo inasequible, al parecer. “Que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado”. ¿Por qué pensamos que tenemos derecho a que el Señor nos ame – a pesar de nuestros defectos – y nosotros no somos capaces de hacerlo con el prójimo?