Una vida que merece la pena

Domingo VII del tiempo ordinario

Lv 19,1-2. 17-18 / Sal 102 / 1Co 3,16-23 / Mt 5, 38-48

 

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios.

Así podemos orar con el salmo responsorial de este domingo. Y así podemos vivir felices, recordando los beneficios de Dios y haciendo partícipes de ellos a quienes viven a nuestro lado.

 

¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

No podemos soñar en una categoría más grande. Y de esa categoría somos. No la da la fama, el dinero o el éxito. Nos la da el mismo Dios: ser suyos, ser sus amigos, ser su propio templo, albergándolo en nuestro pequeño corazón que se agiganta.

 

Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

Así concluye la enseñanza de Jesucristo, que leemos este domingo en la misa. Nos invita a dejar la mediocridad y buscar la perfección. Porque quiere para nosotros una vida lograda, plena y feliz, como la del mismo Dios.

Pero esa vida, nos advierte Jesucristo, tiene un precio: poner la otra mejilla y amar a los enemigos. ¿Nos pide un imposible? Él lo hizo. Con Él también nosotros podemos.