Una misión que cumplir

Una misión que cumplir

Domingo VII de Pascua. LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Hch 1, 1-11 / Sal 46 / Ef 1, 17-23 / Lc 24, 46-53

 

“Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta el confín de la tierra”

El mundo espera el testimonio valiente y generoso de los cristianos. Necesita ese testimonio, aunque aparentemente lo ignore, o incluso, lo desprecie. Pero, para poder darlo sin cansarnos, hay que retornar a la interioridad, a la búsqueda de la verdad, al compromiso por la justicia, a la práctica de los sacramentos. ¿Cómo podríamos llevar a Dios a los hombres si nosotros lo olvidamos?

 

“Que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a que os llama, cual la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cual la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo”.

Con Cristo, nuestro hermano, “a la derecha de Dios intercediendo por nosotros”, tenemos asegurada la victoria. Es tiempo, pues de alegría y de esperanza ¡Dios no defrauda!

 

“Levantando las manos los bendijo y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado hacia el cielo”

El jueves se cumplieron los cuarenta días en los que el Resucitado se mostró a los suyos visiblemente y ascendió al cielo. El acontecimiento constituye una gran fiesta, que se traslada al domingo para su celebración anual. A partir de ese día de la Ascensión la misión del Resucitado corre a nuestro cargo. Una misión que abarca el mundo entero. No hay disculpa para no cumplirla porque también los hombres y mujeres de hoy necesitan conocer a Jesucristo para seguirle como discípulos y salvarse; necesitan del bautismo para ser regenerados; necesitan las enseñanzas del Evangelio para no perderse en la confusión ambiental: ¡EUNTES!