Tiempo y eternidad

Tiempo y eternidad

Domingo XXVI del tiempo ordinario
Am 6,1 a.4-7 / Sal 145 / 1Tm 6,11-16 / Lc 16, 19-31

 

Esto dice el Señor omnipotente: “¡Ay de aquellos que se siente seguros!”

El profeta Amós condena, de parte de Dios, la “orgía de los disolutos”, que tendrá un terrible fin, y anima a llevar una vida justa y sobria que tiene asegurada la dicha y la pervivencia. San Pablo exhorta a Timoteo, y a quienes escuchamos hoy sus palabras, a “conquistar la vida eterna a la que fuimos llamados”, llevando una vida esforzada, religiosa y comprometida con la verdad y el bien.

 

“Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que fuiste llamado”

Sin mirar al cielo no se perciben bien las angustias de la tierra porque se acaba por ver, únicamente, las propias. El que se abre a Dios aprende a encontrarlo en los hermanos, mirándolos cara a cara, y confiando en continuar disfrutando de esa apertura a los otros por la eternidad, viendo, también cara a cara, al mismo Dios.

 

“Recuerda que recibiste tus bienes en vida y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado”.

La página del evangelio de San Lucas, que hoy se lee en la misa, habla con crudeza, intentando conmovernos, del tiempo y de la eternidad. Advierte que en el momento presente se puede escuchar a Dios y hacerle caso sirviéndole en los pobres, o se le puede desoír y rechazar, despreciándolos a ellos. Quien hace caso tiene asegurada una vida feliz. Porque queremos la felicidad duradera: ¡Ocupémonos de Dios, socorriéndolo en quienes a nuestro lado pasan necesidad!