Se oyó una voz del cielo

Bautismo del Señor – Ciclo B

Isaías 42, 1-4.6-7; Sal 28, 1a.2.3ac-4.3b.9b-10; Hechos de los Apóstoles 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

“La caña cascada no la quebrará”

Es importante entender que el nacimiento de Jesús no fue motivo para la condenación, sino para la salvación. “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no la apagará”. Quizá este es el objetivo que debemos cambiar. Estamos demasiado acostumbrados a un Dios de terror, a un Dios castigador, a un Dios hostil hacia el pecador; pero eso es una interpretación nuestra, es nuestra visión de un Dios que no es el verdadero. Si manda a su Hijo al mundo es para salvarnos, para reconducirnos al cielo, para facilitar nuestra salvación. El problema es la libertad concedida al ser humano. Nos invita; pero si no queremos… La salvación hay que ganarla con nuestras obras. Ahí está; de tí depende.

“Está claro que Dios no hace distinciones”

Como eco de la fiesta pasada, la Epifanía, la lectura de hoy nos recuerda que “ya no hay distinción entre griego y judío” (Romanos 10, 12), es decir, que la salvación es para todo ser humano de cualquier raza o condición social. Y quien ha venido a recordarnos tal condición es el nacido en Belén, bautizado en el Jordán por el Bautista. “La cosa comenzó en Galilea”, es decir, quien bautiza con agua señala a quien lo hará con Espíritu Santo, comienzo de la vida pública de Jesús. Importante recordarlo: el bautismo es quien nos abre las puertas de todo el maravilloso arsenal de posibilidades para ser buenos hijos de Dios, para recibir la gracia por otros sacramentos.

“Tú eres mi Hijo amado”

Así, pues, Jesús de Nazaret, no es el “tío majote”, el amiguete de barra de bar, el líder de la gente desarrapada, o el revolucionario social. Es Dios y Hombre verdadero; dos naturalezas, la humana y la divina, en una única persona. Es el Hijo de Dios que viene al mundo para hacernos “hijos en el Hijo”, para “endiosarnos” por medio de Él. Lo cual no quita que vivamos en el mundo, que gocemos de las cosas buenas, que podamos perfeccionar nuestra vida y nuestro modo de vivirla. Así, los mandamientos se convierten en guías para nuestro comportamiento, los preceptos de la Iglesia señales que nos ayudan a rectificar nuestros errores, el Evangelio comportamientos que nos facilitan nuestro modo de vivir. Y todo esto gratis, a pesar de no ser dignos “de desatar su sandalia”.