¡Que llega el esposo!

Domingo 32º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Sabiduría 6, 12-16; Sal. 62, 2.3-4.5-6.7-8; Tesalonicenses 4, 13-17; Mateo 25, 1-13.

“Y la encuentran los que la buscan”

Todo en esta vida requiere un esfuerzo. Sea lo bueno o lo malo requiere nuestra atención y no se consigue inmediatamente, aunque lo malo es más fácil de adquirir que lo virtuoso. Lo cierto es que cuando una persona se inclina hacia lo bueno, puede parecer, al comienzo, que todo le va peor, que nadie se percata de su esfuerzo, que va contra corriente. Pero una vez iniciado este estado, nos hacemos “incansables”, “prudentes”, “libres de preocupaciones”, estamos inundados de lo mejor, y nos sentimos plenificados en nuestro pensamiento. Buscar la virtud es acercarnos más a nuestro Creador.

“Para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza”

El temor a lo desconocido es un sentimiento normal en nuestra caduca inteligencia. Queremos superar a Dios, pero nuestra mente creada no siempre nos aporta soluciones a cada pregunta o temor que nos invade. ¿Y qué será de nosotros cuando el Señor vuelva en su segunda venida si no hemos pasado por el trance de la muerte? San Pablo aclara a los de Tesalónica sobre esta cuestión: los muertos resucitarán en primer lugar, y los vivos serán llevados hacia el Salvador para estar siempre con Él. Sencillo y claro. Palabras que pueden serenar nuestros temores y dulcificar nuestras ansiedades.

“¡Que llega el esposo!”

Varios componentes se unen en una parábola que la hacen más interesante. En este caso, la inmediatez y desconocimiento del hecho que va a ocurrir: esperan, pero no saben cuándo llegará el Esposo (“que llega el esposo…”); la invitación a todas las doncellas, sean más precavidas o más descuidadas (“cinco eran necias y cinco sensatas”); la disposición de unas y la indolencia de otras (“que se nos apagan las lámparas”); el supuesto egoismo de unas y la exigencia de las otras (“dadnos de vuestro aceite”); y, al final, sólo las presentes entran al banquete (“Señor, señor, ábrenos”); y el colofón, la enseñanza: estad preparados “porque no sabéis el día ni la hora”. Es decir, al final la salvación depende de nosotros mismos. Los que nos rodean pueden ayudarnos, animarnos, facilitarnos el camino, pero sólo si nuestra lámpara está encendida seremos dignos de entrar al banquete; y esa lámpara es intransferible: o la tenemos encendida o no, aunque tengamos que esperar muchos muchos años a que llegue a nuestra vida el Esposo.