¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

Domingo de la Ascensión del Señor a los cielos (VII de Pascua)

Hch 1, 1-11; Sal 46,2-3.6-7.8-9; Ef 1, 17-23; Mt 28, 16-20.

 

“En mi primer libro, Teófilo…”

Enternece comprobar el empeño del evangelista en “razonar” lo que el discípulo Teófilo ha aprendido. Cada enseñanza. cada anécdota, cada milagro, cada sensación vivida junto al Señor, va dirigida a lo esencial: la grandeza de la doctrina que ha aprendido. Teófilo, como cada uno de nosotros, debe aprender que ese Reino no es de este mundo, a pesar de la reiteración de los discípulos en conocer cuándo será el momento de poder disfrutar de él. Lo importante es que sean sus testigos y que extiendan este hecho hasta el confín de la tierra. Para ello cuentan con un gra aliando: el Espíritu Santo que les enseñará todo.

 

“Ella es su cuerpo”

San Pablo insiste en su idea fundamental. Es el Padre, por medio del Espíritu Santo, el que nos enseñará todo, y donde encontraremos respuesta a todo. El encadenamiento de “cuál la esperanza”, “cuál la riqueza”, “cuál la grandeza”, encierra todo lo demás. Y el colofón, Cristo y su Iglesia. No lo uno sin lo otro. Porque la Iglesia no es un invento humano. “Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos”. No se puede elegir: o juntos, o no se está.

 

“Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

Como en el domingo anterior (quien guarda mis mandamientos…), el Señor insiste. Lo importante es cumplir sus mandamientos, porque es el signo de su amor hacia Él y la posibilidad de estar con el Padre. Para ello, cuenta con nuestra disposición: “id haced discípulos…”, y reconoce que no es fácil. De ahí su gran promesa: “sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos”. Bonita labor la que ha dejado en nuestras manos; extender el Reino de Dios es cosa nuestra, a partir del día de su Ascensión, sabiéndonos instrumentos. Contamos con la fuerza del Espiritu Santo y con la presencia constante del Señor en nuestras vidas.