Preparad el camino al Señor

Domingo 2º de Adviento – Ciclo B

Isaías 40, 1-5.9-11; Sal 84, 9ab-10.11-12.13-14; Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8.

“Consolad, consolad a mi pueblo”

El pueblo elegido no es un dechado de virtud. Acude a Yahvé cuando está derrotado físicamente, pero cuando cree liberarse de la mano divina comete excesos y errores que le llevan a la ruina y al destierro. Sin embargo, la fidelidad de Dios hacia ellos es infinita; su paciencia no tiene límites; espera pacientemente a que vuelvan de su error, pero eso no siempre sucede a corto plazo. De ahí que tenga que recordarles su condonación por la culpa que debieran haber pagado. “Ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados”. Es importante recordar que la misericordia y la generosidad de Dios nuestro Padre está por encima de la justicia que merecen nuestros specados.

“Os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables”

El afán de poseer, de controlar el futuro, de acumular para mañana, de pensar, en definitiva, que estamos aquí para mucho tiempo, contrasta con la realidad. La muerte viene cuando quiere: de meses de vida o de ancianidad; pero siempre llega. Es lo que trata de explicar san Pedro en su carta. Todo quedará fundido; todo desaparecerá. De ahí la exclamación “¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida!”, porque es “acumular”, pero para la eternidad. Debemos ser ávidos para ganar méritos de vida eterna. Es lo único que va a quedar en nuestras vidas a nuestro paso por la tierra; el resto se fundirá con la desaparición de ella. Los tesoros, mejor para el cielo que para la tierra.

“Pero él os bautizará con Espíritu Santo”

Ahora vuelve a estar de moda – y no sólo en el pensamiento, sino de hecho-, la originalidad o no de los sacramentos, es decir, si son ritos anteriores a Cristo que perduran en la Iglesia. Así se alude a un rito de agua anterior a Cristo, al rito matrimonial ya en las cultura paganas, a la confirmación como un paso a la pubertad presente en otras culturas. Y es cierto. Los hay y lo ha habido. Pero no deja de ser un rito, un símbolo que no tiene más contenido que lo que representa. Pero en el catolicismo es algo más; al rito se la añade lo fundamental, es decir, “con Espíritu Santo”. Al rito se le añade la presencia de la divinidad, la infusión de la gracia, la pertenencia a la familia de Dios por ella. Por tanto no se trata de un rito vacio; se trata de un rito que conlleva la unión con Dios. Así pues, vana discusión. Los sacramentos de la Iglesia no son igual que los ritos ancestrales o modernos; estos son sólo ritos; aquellos son sacramentos que utilizan ritos para su visualización.