Págame lo que me debes

Domingo 24º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Eclesiástico 27, 33–28, 9;  Sal 102, 1-2.3-4.9-10.11-12; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35.

“El pecador los posee”

No, amigo, no. No somos impecables y tenemos a flor de piel más los defectos que las virtudes. Por tanto, no hay que asustarse, pero sí preocuparse. Todos somos capaces de lo mejor y de lo peor. La santidad no entra en el cupo de lo que ya tenemos; hay que ganarla y eso exige esfuerzo. Porque vivir las virtudes no es fácil, pero no hay que olvidar que facilita la comprensión de Dios nuestro Padre. Sólo si nos esforzamos en vivirlas, entenderemos mejor lo que Dios quiere de nosotros.

Ninguno vive para sí, ninguno muere para sí

Entiendo que puede parecer molesto, pero esa es la realidad. No somos islas; no estamos creados para la soledad. Somos piedras vivas, conjunto de un maravillosos edificio, que es la Iglesia. Y por tanto cada vida individual tiene más sentido en relación con los demás. Suele escucharse: ¿Y a mí qué me importan los otros? o ¿y a quién le importa lo que yo haga? San Pablo, en este breve fragmento, nos da la explicación: porque somo creaturas de Dios.

Ten paciencia conmigo”

Esto del perdón parece que ya no está de moda. “Perdono, pero no olvido”, “eso no lo perdonaré en la vida”, “perdonar es cosa de débiles”…, afirmación que suele desembocar en otra cosa más actual: el aireo de los “trapos sucios”.  Sin embargo, el Señor en varias ocasiones nos habla de esta lamentable actitud del hombre actual, y quizá de toda la vida. La consecuencia es que, si no sabemos perdonar, ¿cómo vamos a entender el perdón de Dios? Si no sabemos olvidar los supuestos o reales agravios, ¿cómo vamos a entender que Dios no guarda memoria de nuestra vida pasada, si la hemos confesado? Quizá por esta causa se ha abandonado el gran sacramento de la misericordia de Dios, la confesión sacramental de nuestros pecados, donde se hace realidad lo de “setenta veces siete”.