Los signos del creyente

Ascensión del Señor – Ciclo B

«No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas» (Hechos de los Apóstoles 1, 1-11)

Gran reocupación por la curiosidad. Nos encanta conocer todos los detalles y todas las previsiones; pero, ¿para qué? ¿Mejorará nuestra vida con ello? ¿Seremos más fieles, mejores apóstoles? No; simple curiosidad. Es lo que les pasaba a los apóstoles. Sentían curiosidad y ansiedad para que todo ocurriera rápido, en poco tiempo. Sin embargo los planes de Dios juegan a largo plazo. Tiene paciencia; no tiene prisa. ¿Qué sería de nosotros si no fuera así? ¿si a cada traspiés en nuestra vida obrara inmediatamente, sin darnos opción a corregir nuestros errores? Dios Padre no tiene prisa; gobierna los tiempos y las fechas, lo cual es beneficioso para nosotros; podemos rectificar; podemos enderezar nuestros errores. Y es que Dios Padre es inmensamente misericordioso.

«Ilumine los ojos de vuestro corazón» (Efesios 1, 17-23)

Son los anhelos de san Pablo hacia esta comunidad que, de vez en cuando, anda un poco a ciegas en su caminar hacia la plena vida espiritual. Les desea que reciban «espíritu de sabiduría y revelación», «luz» para comprender, cual la «herencia» y la «grandeza de su poder», y la «eficacia de su fuerza poderosa». Es decir, el mismo que glorificó e infundió fuerza y poder a su Hijo, a Jesús, para llevar a cabo la redención por la muerte en la cruz, es quien a cada uno de ellos, de nosotros, da la fortaleza para ser miembros de su cuerpo, la Iglesia, «plenitud del que lo acaba todo en todos».

«A los que crean, les acompañarán estos signos» (Marcos 16, 15-20)

Los últimos consejos a los suyos, sólo a ellos, tienen que ver con su ministerio. ¿Cómo conocerán que están en lo correcto, en lo cierto de su labor ministerial? Cuando sientan ciertos signos que poco tienen que ver con lo que el mundo – a veces nostros -, esperamos. Según el relato evangélico, la vida que Jesús infunde en nostros nos preserva de muchos males que nos acechan en ese caminar hacia la patria celestial: seremos capaces de rechazar las tentaciones del maligno, nuestros oídos se volverán universales para escuchar su palabra, y seremos inmunes al veneno que nos circunda y trata de apartarnos de la senda verdadera; y, especialmente, recibiremos consuelo en nuestras enfermedades. No nos promete cosas humanas; nos promete consuelos y seguridades para alcanzar más fácilmente el cielo. Lo ha prometido.