Las “recompensas” de Dios

Lecturas del Domingo 13º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

2 R 4, 8-11.14-16a; Sal 88, 2-3.16-17.18-19; Rm 6, 3-4.8-11; Mt 10, 37-42

 

“El año que viene, […] , abrazarás a un hijo”

La generosidad de la familia, y especialmente la mujer, para con el profeta, coincide con la definición de la caridad por parte del Señor: darlo todo, sin esperar nada. Eliseo nada pide, nada solicita; la mujer ofree su mansión, su amistad y su comida sin esperar nada. Pero el corazón agradecido del profeta recompensa a la familia con el don más preciado en la sociedad judia: un descendiente. Una familia estéril era considerada como un castigo de Dios; Eliseo les hace el doble regalo: un hijo y la fama de familia bendecida por Yahvé.

“Consideraos vivos para Dios en Cristo Jesús”

San Pablo insiste en su carta a los Romanos cuál debe ser entre los cristianos la causa de su alegría. La puerta: el bautismo. Este sacramento produce en nostros una catarsis que conduce al alma a pasar por los mismos estados que Cristo sufrió por nosotros, ahorrándonos lo que el padeció. El fruto, la vida en Cristo Jesús.

“No perderá su paga”

El evangelista presenta en este fragmento aparentes contradicciones; da la sensación de contradecir el cuarto mandamiento, pero no es así; va más allá. Por supuesto que hay que querer a los padres, o lo hijos, pero no hasta tal punto de importarnos estos más que Él. Sería el mal entendido amor actual que se practica a diario: se mira mucho por la promoción de los hijos, pero a cosas de su crecimiento interior; se mira mucho por el supuesto bienestar de los padres, pero alejados de ellos. El amor al prójimo bien entendido no puede estar al margen de Dios; es más, el uno y el otro son complementarios: amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como así mismo. Además, hacerlo así, tiene recompensa.