La higuera estéril

Domingo 3º de Cuaresma – Ciclo C

«Yo soy el Dios de tus padres» (Éxodo 3, 1-8a.13-15)

Es indudable la continuidad del Antiguo y Nuevo Testamento. La preparación del Pueblo de Dios tiene lugar en el Antiguo Testamento el cual, culmina con la venida del Mesías iniciador del Nuevo. No ha venido a abolir la Ley o los Profetas, sino a perfeccionar, nos dirá en uno de sus comentarios. Es todo uno, pero no podemos quedarnos en la preparación, sino en la perfección. San Pablo lo explicará en varias ocasiones. Antes, la Ley estaba fuera de nosotros; ahora la tenemos dentro por la gracias del Espíritu Santo. De ahí que no podamos quedarnos en el proyecto (Antiguo), sino en vivir la perfección (el Nuevo).

«El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga» (Corintios 10, 1-6.10-12)

San Pablo, siempre pedagogo y realista, intuye que aquellas comunidades que tan fervorosamente abrazaron el cristianismo, con el paso del tiempo fueron cayendo en la rutina, de modo que la ilusión y fervor primero se fue tornando en costumbre. Alerta continuamente de la condición humana, la cual enseguida pierde la ilusión por la novedad. El ejemplo es claro: quienes salieron de Egipto y contaron con la fuerza de obtener la tierra prometida, quedaron en el desierto por la desilusión, la crítica y la duda de quien les conducía. De ahí que alerte a sus lectores que, si aquellos no alcanzaron el final de su peregrinar por motivos de desconfianza, a los presentes les puede pasar lo mismo.

«Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo» (Lucas  13, 1-9)

Actuación, consecuencia, castigo. Creencia que aún se sigue pensando con frecuencia; «algo habrás hecho para que Dios te castigue», se suele decir frecuentemente. Algo así como la creencia de un Dios vengador que espera los fallos y defectos de las criaturas para poder vengarse de ellas. ¿Creéis que los que perecieron por la torre… son peores que vosotros? ¿Creéis que los muertos por Pilatos… son perores que vosotros? Nada tiene que ver. Es la intención, los actos, la fe lo que nos salvará o condenará. Los frutos, tan necesarios para alcanzar la vida eterna. Dios nuestro Padre tiene paciencia y nos anima a dar frutos de vida eterna. Por tanto, aunque la gracia es gratuita, espera que la conquistemos con nuestro comportamiento.

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