La segunda Eva, María

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

Génesis 3, 9-15.20; Sal 97, 1.2-3ab.3c-4; Efesios 1, 3-6.11-12; Lucas 1, 26-38.

¿Quién te informó de que estabas desnudo?

San Pablo nos recuerda en una de sus cartas la importancia de estar revestidos de Dios, lo cual es fundamental para poder disfrutar de este mundo, y de la eternidad. La advertencia de Adán de estar desnudo, tras el pecado, es el comienzo de los problemas entre ellos, y lo es también el de la humanidad entera. Estar desnudos de la gracia de Dios es el origen de las tiranías, de las muertes inocentes, del despotismo de los pueblos, del egoismo reinante, del reino de lo particular frente al universal, del hambre, de la enajenación de los derechos de los hombres, del descuido  de la cración… Pero, a diferencia de Adán, el cual descubre su desnudez, hoy en día el ser humano culpa a la Historia, a la religión, a los sistemas, a lo que sea, antes que entender que, su problema verdadero, no es otro que la desnudez de Dios.

“Los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria”

Con frecuencia, sobre todo entre la gente joven, se suele preguntar qué hacemos en este mundo; cuál es el sentido del paso del hombre sobre la tierra, cuál su finalidad. El catecismo resume el sentido de su cración diciendo que nos ha creado “para que le amemos, le obedezcamos y seamos felices con Él en el cielo”; así pues, cuanto más cumplamos este cometido del ser humano, más gloria de Dios seremos y más “alabanza de su gloria” como apunta san Pablo. Querer negar la trascendencia del ser humano no mejora su aturaleza ni su comportamiento; al contrario, provoca más división, más enfrentamiento, más miseria humana, más amargura y desesperación.

“Hágase en mí según tu palabra”

Esta fiesta, surgida en la antigüedad de forma popular, y creída por el pueblo fiel, no tuvo su definición dogmática hata el 8 de diciembre de 1854, con la bula Ineffabilis Deus, promulgada por el papa Pío IX. Fue a finales del siglo XI, comienzos del XII, cuando los teólogos se emplearon a fondo para encontrar una justificación que avalara el núcleo fundamental del dogma: María fue concebida sin Pecado Original. Unos atribuyen el argumento “Potuit, decuit,  fecit” (Pudo, lo quiso, luego lo hizo) a san Anselmo (1033-1109), otros a Edmarus, monje alemán benedictino (1060-1120), pero quien lo desarrolló fue otro religioso franciscano, Juan Duns Escoto (1266-1308), el cual por medio de preguntas argumentó las afirmaciones. Así, esta mujer, elegida por Dios Padre desde el comienzo de los tiempo, hizo realidad con una simple frase la promesa de Dios: “Ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón”, referido a la serpiente y el Pecado Original.