La puerta estrecha

La puerta estrecha

Domingo XXI del Tiempo Ordinario

Is 66, 18-21, Sal 116, Heb 12, 5-7.11-13, Lc 13, 22-30

 

Todos están llamados por el Señor.

La imagen empleada por el profeta nos hace contemplar a la humanidad entera de camino hacia el monte sobre el que se levanta Jerusalén, pero no para permanecer, sino para que luego ellos lleven su mensaje a toda la tierra. Todos estamos implicado es esa tarea. Una vez gustada la intimidad del Señor, debemos compartirlo con los demás para que ellos también pueda gozar de su amistad.

 

Asumir con gozo los designios del Señor

La carta a los Hebreos plantea el drama de las limitaciones humanas y nos anima a tomarlas como un padre que corrige a sus hijos. No es facil asumir el dolor o las carencias con ojos humanos; es necesario entender que, a pesar de todo, Dios es para nosotros un padre que debe corregir a sus hijos para que alcancen el “premio que nos tiene prometido”. Es, en definitiva, la razón que Job da a su desgracia ante la insistencia de los suyos: Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?

 

El cielo se merece con esfuerzo

Una de las características humanas es la curiosidad. No “¿me voy a salvar?, sino “cuantos”. Es lo que plantea este personaje a Jesús, quizá dando por hecho que él ya lo estaba. Y el Señor, tajante y diáfano, le contesta como Él lo hace a menudo: no para satisfacer la curiosidad, sino para incentivar a cada uno a trabajar para conseguirlo. Lo curioso del relato es que muchos que pensaban estar cerca de la gloria, cuando llega su hora, no son reconocidos por Dios: “No sé quines sois”. Y más curioso todavía es que vengan y entren de todos los puntos cardinales, mientras los más cercanos se quedan fuera. Porque el Reino de Dios es sólo para los esforzados.