La ordenación de un diácono permanente en nuestra Iglesia diocesana

La voz del Obispo

El 28 de Mayo, en el seminario diocesano, tendrá lugar la ordenación de Jesús Visaira Neguerela como diácono permanente de nuestra Iglesia de Calahorra y La Calzada – Logroño. Jesús, de San Asensio, será el primer diacono permanente que será ordenado desde que esta figura fue instaurada por mi antecesor, D. Juan José Omella, el 18 de diciembre de 2013, en la fiesta de Nuestra Señora de la Esperanza, una vez oído el parecer favorable del Consejo Pastoral  diocesano y del Consejo Presbiteral.

Esta figura es nueva en nuestra diócesis, aunque hunde con gran riqueza sus raíces en la historia de la Iglesia. En realidad, el diaconado tuvo una gran difusión en la Iglesia antigua, sobre todo en el ejercicio del servicio a los más necesitados. Luego, sobre todo a partir del siglo VII y VIII, con el surgimiento de todas las instituciones de la Iglesia que se ocupaban de los pobres, dejaron de ser tan necesarios. Pasó a ser simplemente un grado para acceder al sacramento del sacerdocio. Pero en el Vaticano II se volvió a reflexionar sobre los orígenes de la Iglesia y sobre el diaconado, y se estableció, a partir del año 1964, que se instaurara de nuevo el diaconado como un estado permanente en la Iglesia, que podían recibir, incluso, hombres casados. Este diaconado permanente “constituye un enriquecimiento importante para la misión de la Iglesia. En efecto, es apropiado y útil que hombres que realizan en la Iglesia un ministerio verdaderamente diaconal, ya en la vida litúrgica y pastoral, ya en las obras sociales y caritativas, sean fortalecidos por la imposición de las manos transmitida ya desde los Apóstoles y se unan más estrechamente al servicio del altar, para que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la gracia sacramental del diaconado” (Catecismo 1571).

Dentro de la teología católica referida al ministerio ordenado, es interesante observar donde se sitúa la figura del diácono y cuál es el papel que a este se le asigna en la vida de la Iglesia. Así podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica: «El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos» (Cfr. Lumen Gentium 28). La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término sacerdos designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado «ordenación», es decir, por el sacramento del Orden. El diácono recibe el sacramento para ser signo e instrumento de Cristo servidor: la palabra diácono significa el que sirve”. (Catecismo nº 1554).

El propio catecismo recuerda las funciones de los mismos: Corresponde a los diáconos, entre otras cosas, asistir al obispo y a los presbíteros en la celebración de los divinos misterios sobre todo de la Eucaristía y en la distribución de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo, proclamar el Evangelio y predicar, presidir las exequias y entregarse a los diversos servicios de la caridad”. (Catecismo 1570). Así mismo son funciones del diácono administrar el sacramento del bautismo, llevar el viático a los enfermos (aunque no puede administrar el sacramento de la unción) y, en su caso, presidir la celebración dominical, aunque no consagrar la Eucaristía (lo cual corresponde al presbítero o al obispo).

Este domingo entrará en la historia de nuestra Iglesia diocesana por la celebración de la primera ordenación de un diácono permanente. Os pido que recéis por nuestro hermano Jesús para que el Señor le bendiga y fortalezca en este nuevo ministerio que la Iglesia le entrega.