La Luz de los hombres

Domingo 2º después de Navidad

Eclesiástico 24, 1-2.8-12: Sal 147, 12-13.14-15.19-20; Efesios 1, 3-6.15-18); Juan 1, 1-18.

«Me creó, y nunca más dejaré de existir»

La semblanza hecha por el libro del Eclesiástico hacia la sabiduría, se va perfilando en distintos pasajes dedicados a ella. No es eterna, requiere un creador, pero una vez crada ya no muere más; se convierte en eterna. Es capaz de hacer «su propia alabanza», de hablar en la «asamblea del Altísimo», de «ejercer su ministerio» ante Él; y fue en Jerusalén donde encontró su descanso. Es como un resumen del destino humano. Es necesaria la sabiduría para «entender» tantas cosas de Dios Padre, pues nuestra mente humana se siente superada por la trascendencia. Hay cosas que no podemos entender por nuestra mente creada, pero con la sabiduría propuesta en el libro del Eclesiástico, se pueden atisbar realidades que superan la mente humana.

«Él nos eligió en Cristo»

El canto con el que san Pablo saluda a la comunidad de Éfeso resume perfectamente las razones de porqué la paciencia, la perseverancia y otra serie de virtudes que les sugiere. Hemos sido elegidos por Dios en su Hijo para que fuésemos «santos e intachables ante Él por el amor». Es la clave de la vida interior. La finalidad del ser humano sobre la tierra no es sólo el bienestar o la mejora de los bienes materiales. Su fin es la eternidad y todas sus obras deben estar destinadas a este interés. Es el «tesoro escondido» que cada uno debemos descubrir y ponerlo en el centro de nuestros objetivos. Los santos han sabido descubrirlo y dejaron todo lo demás para adquirirlo; es nuestro ejemplo a seguir.

«En el principio existía el Verbo…»

El segundo domingo de Navidad se repite el Evangelio del día 25, quizá para remachar en nuestro interior la idea fundamental de la solemnidad: el que existía antes del mundo, vino a él para salvar a la humanidad. Jesús de Nazaret no fue un personaje solamente humano que fue adoptado por la divinidad para convertirse en Hijo de Dios, como sostuvieron lo componentes de la herejía adopcionista, ni fue una apariencia, pero que en realidad no existó, como mantuvo la herejía docetista. Jesús es Dios y hombre verdadero, dos naturalezas, la divina y la humana, en una sóla persona, y como tal nos redimió en la cruz sufriendo la horrible muerte para perdonar nuestro pecados y abrirnos el camino del cielo, cerrado por el Pecado Original. Esta es la esencia del cristianismo. No entenderlo así nos cerraría las puertas de otras deliciosas realidades que comportó el nacimiento de Jesús entre nosostros.