La importancia del qué y no del quién

Domingo 15º del Tiempo Ordinario – Ciclo B

«No soy profeta ni hijo de profeta» (Amós 7, 12-15)

Amasías reprocha a Amós que «moleste» en Casa-de-Dios; que se vaya a otra parte, vamos. A lo que Amós responde que no es más que un sencillo pastor y cultivador de higos; es consciente de su condición. Pero, a pesar de todo, tiene una misión que cumplir, no en su nombre, sino en nombre de Dios: «Ve y profetiza a mi pueblo Israel». Obedece y habla; es lo que debe hacer. No va en su nombre ni con su autoridad; va en nombre de Dios y con la autoridad de su elección para ello. Y eso es lo que hace, aunque moleste a los supuestos «maestros» de la Ley. Lo fundamental, por tanto, no es quién lo dice, sino qué es lo que dice; importante para el apostolado que cada bautizado debemos cumplir en este sociedad actual.

«Para alabanza de su gloria» (Efesios 1, 3-14)

Hoy se cuestionan muchas cosas – o, por mejor decir, casi todas-, y entre ellas «¿qué pintamos aquí?, que sentido tiene la vida y para qué estamos en ella?» Me permito copiar un pequeño párrafo de aquellos catecismos que tenemos olvidados en el desván, pero que son iluminadores: «Toda la creación lleva el sello de Dios, como obra suya. Pero solo del hombre se dice que fue hecho a  imagen y semejanza de Dios; y esto por dos razones: primero porque el hombre era el rey de la creación, gracias a su inteligencia y a su voluntad, en lo que está su mayor parecido con Dios; y segundo, porque andando el tiempo, el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, había de hacerse hombre, igual a Adán e hijo suyo en cuanto a hombre. Dios señaló al hombre dos destinos: uno en la tierra, otro en el cielo. En la tierra, crecer y multiplicarse, dominarla, señorear todas las cosas, y cumplir la voluntad de Dios. Y en el cielo, meta de su peregrinación terrena, el descanso sin fin en el regazo de Dios, envuelto en la luz de su misma gloria. Para alcanzar esa gloria, Dios concedió al hombre, a la vez que la gracia, otros muchos dones, entre ellos los dos grandes privilegios de la inmortalidad y de la integridad«.

Enviados de dos en dos (Marcos 6, 7-13).

Llegó el momento de la verdad. Hay que agilizar la inteligencia para ver qué es lo que ha quedado después de escuchar y aprender del ejemplo. Y el Señor no se anda con remilgos: de dos en dos y «a cuerpo geltil» o, por decirlo de otro modo, «con las manos en los bolsillos», es decir, sin nada: «ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto». Y dóciles, cumplen el precepto. Es imaginable el desconcierto y el mal humor por esta dura decisión; pero lo hacen. San Marcos no cuenta el final feliz de los otros evangelistas, pero sí que ofrece indicios del éxito: «echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban». Así aprendieron una lección importante: no es quién evangeliza, sino en nombre de quién y qué es lo que se predica. Aprendamos, por tanto; cuando extendemos el Reino de Dios, no somos nosotros los importantes; es lo que decimos y en nombre de quién lo hacemos.