La importancia del corazón

Domingo 22º del Tiempo Ordinario – Ciclo B

«Ellos son vuestra sabiduría» (Deuteronomio 4, 1-2.6-8)

Tenemos la tendencia a pensar, especialmente tras la Ilustración y la Modernidad, que Dios se ha equivocado. Que aquí estamos nosotros no sólo para corregirle la plana, sino también para mejorar su creación. No es un pensamiento nuevo, pero sí más rabioso y enconado. Creer que vivir de espaldas a Dios es la solución a los males de este mundo y la sociedad que lo compone, sigue siendo el error de la humanidad. El «seréis como Dios» del Pecado Original, no trajo la paz ni la concorcia, sino la muerte y la destrucción entre nosotros. La lección del Diluvio no fue cambiemos nuestra vida para que no ocurra de nuevo, sino hagamos una torre para poder salvarnos en caso de que ocurra otro castigo. ¿Aprenderemos alguna vez la lección?

«No os limitéis a escucharla» (Santiago 1, 17-18.21b-22.27)

El apóstol  Santiago ofrece unos consejos a la comunidad a la que se dirige, pudiendo traducirse por «obras son amores, y no buenas razones». Cada domingo, cada día, escuchamos la Palabra de Dios y vivimos la liturgia, pero ¿sirve realmente para nuestra vida diaria? Sabemos fragmentos del Evangelio, que, en algunas ocasiones sirven más que para nuestra reflexión para argumentar nuestra postura en la vida o reprochar la de otros; pero ¿lo es también como alimento para nuestra perfección espiritual y religiosa? La fe sin obras es fe muerta; lo repite constantemente la Iglesia desde los primeros momentos de su fundación. Piénsalo: si la fe no te sirve para tu vida diaria, no te sirve para nada.

«Lo que sale de dentro» (Marcos 7, 1-8.14-15.21-23)

Son curiosas las reacciones de los fariseos y la clase dirigente del pueblo de Israel. Les molesta que el Señor remedie las necesidades o atienda a los necesitados de cualquier condición. Como si el hambre o la enfermedad conociera los días de la semana. Ni tan siquiera explicándoles las cosas entienden que sí, que es verdad que lo dice la Ley, pero también es verdad que esa «Ley» interpretada por ellos era más inhumana que la impuesta por Dios: «un asno puede romper la Ley para beber agua, pero no puede ser curada una hija de Israel». Las normas de Dios son difíciles y duras de cumplir, pero lo son mucho más cuando somos los hombres los que las interpretamos de forma radical y según nuestro propio criterio.