La fortaleza del desierto

Domingo 1º de Cuaresma – Ciclo C.

«El Señor escuchó nuestra voz» (Deuteronomio 26, 4-10)

Dios Padre no se siente indiferente ante las pruebas de su pueblo. Entiende las angustias de quien padece y atiende a quien se encuentra en dificultades. El «desierto» es necesario, a veces, para entender la preocupación y la atención de Dios a su pueblo. Purifica, descarta las pasiones, evita la vanagloria. La «purificación» del desieto, les llevó a la tierra prometida.

«Si tus labios profesan que Jesús es el Señor…» (Romanos 10, 8-13)

Hay católicos que piensan que vivir la vida de Dios es inconexa. «Creo una cosas, pero otras no»; «me gusta este sacramento, pero otros ni los contemplo»; «confío en este hecho, pero el resto los rechazo». Y no es así. La vida de Dios y su gracia es como un puzzle; o tienes todas las pieza bien puestas, o el final no queda completo. San Pablo iniste hoy en ello. O se toma a Jesucristo completo, con su humanidad y divinidad, o no hay salvación. No basta el Cristo glorioso; es necesario el Cristo paciente. Y es este Cristo, divino y paciente, el que da la salvación. «Todo el que invoca el nombre del Señor se salvará.»

«Si eres Hijo de Dios…» (Lucas 4, 1-13)

La gloria humana, el poder, la propaganda hueca, el bienestar. Son las proposiciones del Maligno al final de una dura estancia, llena de privaciones e incomodidades. El pan: «haz que estas piedras se conviertan…»; el poder: «todo esto te daré…»; lo espectacular: «tírate de aquí a abajo…» Pero la fortaleza de la penitencia y el retiro del desierto fortalecieron la voluntad del Hombre-Dios: «No tentarás al Señor tu Dios». Ese es el sentido de la Cuaresma. Nuestro humilde desierto de pequeñas renuncias que nos ayudan a vencer al Maligno, resucitando gloriosamente con Cristo el día de Pascua.