La fe vacilante

Domingo 13º del Tiempo Ordinario – Ciclo B

«Dios creó al hombre para la inmortalidad» (Sabiduría 1, 13-15;2, 23-24)

Paradójicamente la sociedad actual que propugna la longevidad como premio a una salud sin gastos sanitarios, se ceba con la muerte. Desecha lo que considera un estorbo al bienestar o la longevidad. Aborto, eutanasia, eliminación de quienes no son productivos. Los argumentos son, cuando menos, curiosos; «embarazo no deseado», como si el embarazo viniera por andar por el parque; eutanasia a quien desea no sufrir, puesto que el fin del hombre es el placer. En el fondo, además de los presupuestos ideológicos, está el «comamos y bebamos, que mañana moriremos»; luego, la nada. Contrasta con el Libro de la Sabiduría: Dios ha creado al ser humano para la felicidad, a su imagen, y por tanto para la eternidad. El paso por el mundo es el camino hacia la eternidad, porque Dios ha querido que lo sea así.

«Distinguíos también ahora por vuestra generosidad» (2 Corintios 8, 7.9.13-15)

San Pablo, en este fragmento, halaga a los de Corinto por ser un pueblo que acogió la Palabra de Dios con entusiasmo y llevaba su compromiso con gallardía, hasta el punto de ser modelo para otras comunidades. Hoy les pide algo más. Quizá pueda parecer que su llamada a la generosidad sea solo material, que también, pero su exhortación va más allá. Su recomendación va a que sean generosos en compartir no sólo los bienes materiales, sino también la gracia que recibieron gratuitamente y que ahora disfrutan. Generosidad para que otros también puedan gozar de lo que ellos se benefician. Sería un acto de egoismo vivir nuestra fe sin procurar que otros también pueda hacerlo.

«¿Quién me ha tocado el manto?» (Marcos 5, 21-43)

Ha oído hablar de Jesús. No pertenece al grupo que habitualmente le acompaña. Sabe que, en ocasiones, algunos han sido curados, y, quizá a la desesperada – pues «había gastado toda su fortuna en esto» y no había mejorado-, pretende tocar el manto del Señor. Aprovechando el anonimato, logra acercarse a Él, y ocurre el milagro; el silencio como gratitud. «¿Quién me ha tocado el manto?» y los ojos llorosos, agradecidos, la delatan. En el Evangelio de hoy se relatan dos milagros de dos personas distintas que nada o poco tienen que ver con el plan de Jesús y su labor evangélica: un padre que intercede por su hija, una mujer que «prueba» a ver si la suerte le acompaña. Ambos reciben recompensa; de ninguno volvemos a tener noticia posteriormente. De ahí la importancia de «no apagar el pábilo vacilante» o «no romper la caña cascada». Los planes de Dios sólo los conoce Él, no nosotros. Pero poniendo los medios, podemos servir de cauce para que muchas personas encuentren a Dios, aunque su situación no sea la más favorable.