La cruz de cada día

Domingo 22º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Jeremías 20, 7-9; Sal 62, 2.3-4.5-6.8-9; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27.

“No hablaré más en su nombre”

Hablar de Dios y sus solicitudes hacia el hombre no ha estado nunca de moda, ni lo estará. Cuaquier cosa que el Señor nos sugiere para ser felices nos parece dura, intransigente, que no va con los tiempos. Desatendiendo sus mensajes ¿es la persona humana más feliz?, ¿Más “integral”? ¿Más humana? No, en absoluto. Sin embargo, cuando te dejas seducir por Él, aunque sea como un “fuego ardiente en las entrañas”, intentarás contenerlo, pero no podrás; habrá llegado a tí la felicidad, esa que salta hasta la vida eterna.

“Presentar los cuerpos como hostia viva”

Por muchos esfuerzos que quieran hacer por erradicar del ser humano el ansia religiosa, nunca lo conseguirán. Disociar alma y cuerpo nos arrebata el mayor don y atributo del ser humano, el cual nos diferencia de cualquier otro ser creado. Un animal puede tener “sentimientos” o habilidades, pero no un sentido religioso de ser creado y anhelar al Crador. Se puede dulcificar, empañar, adormilar, pero el ser humano tiende a querer perpetuarse, lo cual es reflejo de nuestra alma inmortal, la cual tiende hacia Dios. Y esto es a lo que apela san Pablo en su carta: en dicho popular, “no solamente hay que ser bueno, sino también parecerlo”, es decir, coherencia de vida.

“Pagará a cada uno según su conducta”

No es la primera vez que el Señor recuerda en el Evangelio la coherencia de vida o, lo que es lo mismo, que no vale “decir: Señor, Señor, sino hacer la voluntad de mi Padre”. La cruz existe y cada día tenemos un reencuentro con ella, aunque revestida de diversas formas y maneras: una enfermedad, un desencuentro familiar, un momento delicado en nuestro trabajo, una situación incómoda en las relaciones sociales, un coqueteo con el mal que nos aparte de Dios, … Por tanto no es la cruz el problema; es nuestro comportamiento ante ella y como sobrellevarla. De eso depende nuestro premio eterno; es nuestra conducta la que abrirá la eternidad y la gloria, ambas, premios de Dios Padre, y Él es un buen pagador.