Invitación para todos los pueblos

Domingo 28º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Isaías 25, 6-10a; Sal 22, 1-6; Filipenses 4, 12-14.19-20; Mateo 22, 1-14.

“Preparará para todos los pueblos un festín suculento”

Ante el juicio cerrado del pueblo elegido, el profeta Isaías intuye otra cosa distinta. Es verdad que Yahvé elige a un pueblo reducido para preparar la venida de su Hijo, pero sería muy corta la visión del Creador si sólo pensara en un grupito para gozar de la salvación, condenando al resto a su olvido. La llamada de Dios a su intimidad es “para todos los pueblos”, aunque es también verdad que, para recibir sus beneficios, cada uno debe luchar por ello. La salvación ahí está; pero sólo es efctiva si cada uno lucha por merecerla.

“Hicisteis bien en compartir mi tribulación”

La vida se san Pablo no fue un camino de rosas. Su carácter, su ímpetu, su claridad de vocación, le hizo pasar momento difíciles: cárcel, persecución, tribulación física… Pero él siguió adelante convencido de que todo lo ocurrido sirvió para la gloria de Dios. De esta forma, puede presumir ante las comunidades cristianas de haber pasado por distintas situaciones contradictorias: abundancia-pobreza, hartura-hambre, abundancia-privación. A quienes entendieron que todo esto era por su bien, les anuncia que Dios les premiará con la provisión “a todas vuestras necesidades”.

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”

El festín suculento de Isaías se convierte en la parábola de Jesús en la abundante comida y fiesta de una boda a la que unos elegidos no quieren acudir por diversos motivos; prefieren otras cosas a la invitación, llegando algunos a maltratar a los enviados para mostrar su rechazo. Sin embargo, el rey quería a toda costa celebrar la boda de su hijo, decidiendo convidar a cualquier persona que aceptara la invitación. Entre los nuevos convidados, uno llama especialmente la atención: no iba vestido adecuadamente para la boda. Un caso extraño, pues el resto tampoco parece que lo fueran, dado que habían sido encontrados en sus distintos menesteres. Los Santos Padres, en este pasaje del Evangelio, aluden a la disposición interior, más que al vestido externo, y lo asocian al momento culminante de la Misa en la que somos invitados al banquete Eucarístico, ya que sólo debemos participar en él si estamos debidamente preparados, es decir, en estado de gracia para recibirlo.