En torno al “Voto de San Bernabé” (I)

Celebramos este año, 2021, el quinientos aniversario de un hecho histórico que marcó la vida de la ciudad de Logroño para el resto de sus días. Veamos cuál fue.

Los dos protagonistas de la historia, Carlos I de España, y V de Alemania, y Francisco I de Francia, entraron en disputa por territorios que el francés quiso arrebatar al Emperador bajo ciertos derechos usurpados por el segundo.

Carlos, en 1515, de su padre, Felipe el Hermoso, heredó los Países Bajos, Luxemburgo, el Artois, el Franco Condado, Flandes, Borgoña y el Charolais. En 1516, de su abuelo materno, Fernando el Católico, Castilla con Canarias, Orán, Trípoli, Melilla, y posesiones de América, con Aragón y el Rosellón, Sicilia, Cerdeña, Nápoles y las Baleares, y Navarra (anexionada a Castilla en 1512).

En 1517 venía a la Península y juraba en las Cortes de Valladolid la toma de posesión de sus dominios en España, y poco después lo hizo en Aragón (1519). Sin embargo, su forma de ser y de actuar produjo malestar en la población. Falto de los acertados consejos del cardenal Cisneros, antiguo regente hasta su llegada, el Rey comenzó a conceder los cargos principales de su Corte a los extranjeros que venían con él, lo cual produjo entre las gentes cierto disgusto.

En 1519 fallecía Maximiliano, Emperador de Alemania, y Carlos, por ser nieto suyo, y haber muerto sin hijos, tenía derecho a sucesión, a pesar de que el Imperio no se heredaba por línea directa, sino por votos. Don Carlos veía que, si recaía en él la elección, reuniría bajo su mando España, Flandes, Alemania, más gran parte de Italia. Era tanto como dejar bloqueado y cercado por todas partes a su máximo rival, Francia, asegurando la supremacía en Europa.

Para alcanzar su objetivo necesitaba grandes cantidades de dinero con el fin de poder acercar a su candidatura a los príncipes electores, dado que Enrique VIII de Inglaterra y Francisco I de Francia, habían ofrecido la corona a Federico el Prudente, duque de Sajonia (Dieta de Frankfurt (1519)). Tras el reparto de dádivas y la renuncia de Federico de Sajonia, considerando además la juventud, valentía, arrojo y extensión de sus dominios, por unanimidad, la corona recayó en el rey Carlos I de España.

Convocar Cortes en Santiago de Compostela, en contra de la costumbre, tuvo sus consecuencias. El malestar originado, por lo apartado del lugar, y por el tema a tratar, reunir fondos para su elección de Emperador. Los castellanos, más que atender al plan ambicioso del rey, miraban con malos ojos los excesivos gastos que para lograrlo se hicieron. Las protestas se sucedieron, se suspendieron las sesiones y la asamblea tuvo que trasladarse a La Coruña. La Corte, durante su ausencia, quedó encomendada al Consejo de Administración de Justicia, cuyo presidente y regente sería el cardenal Adriano, obispo de Tortosa. Al día siguiente, don Carlos partía urgentemente para Alemania.

Mientras tanto los altercados de la población se sucedieron en buena parte de Castilla, llegando incluso a insultar y acusar a los participantes de las Cortes de La Coruña de ser sicarios del rey y dejarse comprar por él; en Segovia, acabaron ahorcando en la plaza pública a uno de los procuradores.

A estos incidentes se unieron otros más graves, como fueron la sublevación de los Comuneros en Castilla, con el apoyo de Juan Padilla; Zamora, Toledo y Ávila encabezaron la revuelta, y en la última se hicieron fuertes.

En 1521 se le unen la radicalización de las “Germanías” de Valencia y Mallorca, una especie, en principio, de lucha de clases, pero luego de desobediencia al soberano.

Francisco I, teniendo presente la guerra contra los protestantes en Alemania, los alzamientos hispanos, y la oposición a la expansión de los turcos y su peligro para Europa, vio el momento propicio para poder atacar a su eterno enemigo intentando restituir Navarra a Enrique de Albret, a pesar de su debilidad, pues el Emperador había logrado el apoyo de su hermano Fernando al cederle el ducado hereditario de Austria, así como Enrique VIII de Inglaterra e incluso el favor del Papa León X.

Decidido Francisco a ello, a pesar de todo, un cuerpo del ejército francés, formado por 28.000 soldados, a las órdenes de Asparrot, tomó Pamplona y fue avanzando hacia Logroño, sometiendo varias localidades, entre ellas Estella y Viana, con el fin de pasar a Castilla. Al llegar a las murallas de Logroño, una vez pasado el río, Asparrot envío varias misivas con el fin de que le facilitaran el paso por la ciudad; si así sucedía prometió respetar las vidas y haciendas de los ciudadanos. Pero una asamblea celebrada en la iglesia de Santiago decidió negar el paso y resistir por mantenerse fieles al Emperador; no en vano se recordaba la visita de don Carlos cuando se dirigía a Compostela (febrero de 1520) y el juramento de los privilegios de la ciudad en la iglesia de Santa María de Palacio.

El 25 de mayo de 1521 quedó formalizado el cerco a la ciudad. Es obvio que la negativa tuvo sus consecuencias perjudiciales para la población dado que, como se diría después en el “Voto”, hubo bastantes fallecidos en la defensa del lugar. A pesar del deseo de los asediantes de permanecer hasta lograr su objetivo, el día 10 de junio levantaban el cerco y desandaban sus pasos hacia Pamplona. El motivo, la derrota de los Comuneros y muerte de sus cabecillas, y el avance de las tropas leales al Emperador hacia Logroño. El cerco, por tanto, sólo duró 17 días, que no fueron fáciles para los moradores, según comentan documentos posteriores.

La población atribuyó a la intercesión de san Bernabé el levantamiento del cerco, festejando ampliamente el día 11 el acontecimiento. Un año después, 1522, Justicia y Regimiento pronunciaría, y se obligaría, con un Voto al santo, conmemorar el hecho, para lo cual dispuso varias cláusulas.

Es 1523 don Carlos visitará Logroño de nuevo, para agradecer la gesta del año 1521 permaneciendo en la ciudad dieciocho días. En este tiempo manda reforzar las murallas, construir el Cubo del Revellín, y añadir al escudo de Logroño las tres flores de lis.