En nombre de Dios

Domingo 14º del Tiempo Ordinario – Ciclo B

«Te hagan caso o no te hagan caso… , sabrán que hubo un profeta en medio de ellos» (Ezequiel 2, 2-5)

No era, ni es, fácil el «oficio» de profeta. Entretenida la humanidad en fugaces pasatiempos, no importa mucho el asunto de la eternidad. Hay que vivir al día, y poco más. Sin embargo, quien tiene conciencia del sentido de la vida, y del fin de la misma, tiene la obligación de recordarlo al resto de los humanos que tratan vanamente de olvidarlo. Al profeta, al testigo, no le corresponde conocer los frutos de su predicación, de su empeño; eso pertenece a quien le manda, es decir, a Dios nuestro Señor. Lo del profeta es predicar la verdad; a Dios le corresponden los frutos.

«Te basta mi gracia» (2 Corintios 12, 7b-10)

No; ninguno somos perfectos. Ni tan siquiera los políticos o «influencers» sociales pagados de sí mismos que piensan que pueden dar o quitar lo que no les pertenece. Cada uno tenemos nuestra espina que nos mediatiza y nos marca a la hora de actuar. Para ser simplemente una buena persona – no digamos ya para ser un buen hijo de Dios -, es necesaria la humildad. Para reconocer nuestras carencias, nuestros errores, nuestros pecados, se necesita la humildad. El ser humano moderno se cree el dueño de todo: de su vida y de su destino; y de ahí le viene su insatisfacción y su tristeza. Tiene que ahogar su desesperación en ruido, estrés y vida alocada. Le aterra el silencio, desconoce la reflexión; cualquier vanidad cree que es más importante que su furuto y eternidad. La solución es sencilla: Cristo; con Él, «cuando soy débil, entonces soy fuerte».

«Y esto les resultaba escandaloso» (Marcos 6, 1-6)

Gran expectación: vuelve Jesús, el hijo del artesano. En la sinagoga empieza su exposición y explicación de la Ley. Las palabras fluyen de su boca fáciles y diáfanas. Pero los ojos no dejan entender lo que la boca explica. Le recuerdan como el hijo de José; conocen su parentela y su historia local; les escandaliza sus obras de curación y vida eterna. Su pasado corto y de bien empaña su labor actual de extender el Reino de Dios. No importa el contenido ni el mensaje; el recuerdo de su persona invalida la Buena Nueva. Y, «si esto se hace en el árbol verde, ¿qué no será en el seco?» La historia repite continuamente esta situación. A veces la evangelización se retrasa, se anula, por mirar no qué es lo que se dice, sino quién lo dice. Como recordaba san Pablo, todos «tenemos una espina interior», osea, nuestros defectos y nuestra historia, que no siempre es ejemplar. Pero no olvidemos que «La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero»; es decir, que si al Señor no le creían por tener un pasado, a cada uno de nostros nos pasará igual. Pues a pesar de todo, habrá que evangelizar, al menos para que, si no nos hacen caso por nuestro testimonio, recuerden que «hay un profeta en medio de ellos».