El primer día de la semana

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

Hechos de los Apóstoles 10, 34a.37-43; Sal 117, 1-2.16ab-17.22-23; Colosenses 3,1-4; Juan 20, 1-9.

“Me refiero a Jesús de Nazaret”

Pedro explica a sus oyentes algo que es fundamental entender. La misma persona que vieron curar enfermos, resucitar muertos, llorar por sus amigos, indignarse por el comercio del templo, discutir con los escribas y fariseos, llevar su cruz a cuestas y morir en el calvario, es el Hijo de Dios, el resucitado. Y él, Pedro, como el resto de los discípulos, es testigo de ello. Y no hay mejor testimonio que el que uno ha experimentado. De ahí que se convierta en garante de su predicación: “nosotros que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”.

“Aspirad a los bienes de arriba”

Sabemos de sobra que este mundo se acaba, es decir, se nos acaba a cada uno en nuestra hora señalada, pero seguimos aferrados a él. Ahora. lo mismo que entonces, conocemos esta realidad, pero seguimos pegados a las cosas hasta el punto de aferrarnos a ellas como si fueran para siempre. Es cierto que las necesitamos, que nos facilitan la vida y nos suavizan las asperezas de cada día; pero resultra grotesco pelear, envidiar, perder la vida por conseguir algo que hoy sirve y mañana no sirve para nada, cuando no ponemos el mismo empreño en conseguir las que sirven para este mundo y para la eternidad. Si nuestra fe tiene sentido y es real, no es entendible. Eso mismo explica san Pablo a sus lectores de Colosas.

“Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura”

Son varias las ocasiones en las que el Señor comenta con sus discípulos la nueva realidad que vendrá y los padecimientos que precederán a esta realidad. Pero ellos seguían a lo suyo: ¿quién será el primero? ¿Cuándo llegará tu reino? ¿Cómo nos repartiremos los puestos? En el ánimo de los apóstoles no cabía más decepción y amargura el jueves al atardecer, el viernes y el sábado. Todo para nada. La muerte, el abandono, la sensación de derrota agarrotaba el pensamiento. ¿Dónde el reino? ¿Dónde el Mesías prometido? ¿Vover decepcionados cada uno a su lugar de origen? Pero la voz de una mujer revoluciona el interior: la tumba está vacía; el joven y el anciano corren a ver la realidad, y el simple hecho de ver la tumba les conecta con los recuerdos gloriosos de la predicación: vieron y creyeron.