El inicio de la predicación

Domingo 1º de Cuaresma – Ciclo B

Génesis 9, 8-15; Sal 24, 4bc-5ab.6-7bc.8-9;  1 Pedro 3, 18-22; Marcos 1, 12-15.

«Hago un pacto con vosotros»

Este Dios a veces pintado como terrorífico, vengativo, rencoroso, contrasta con el relato continuado del Antiguo Testamento. Es verdad que, en ocasiones, el dolor de ver cómo su pueblo se extravía, el autor de cada relato de la Biblia pone en su boca expresiones terribles que hoy nos sorprenden; pero también es verdad que, inmediatamente a esas expresiones, aflora la paciencia, el amor hacia el hombre y la inmensa misericordia de Dios. No quiere la muerte de sus creaturas. Quiere que se conviertan y se corrijan para que se salven. De ahí que ese pacto que hoy propone la lectura va a ello: a tener paciencia para que el ser humano cambie y se reconcilie con Él.

«Una vez para siempre»

San Pedro refleja en su carta el «sonsonete» que tantas veces ha escuchado al Señor. Lo repetirá varias veces: «Ahora os toca a vosotros». Una vez que asciende al cielo es a nosotros a quienes nos incumbe la maravilla que Él nos dejó: la posibilidad de hacernos hijos de Dios en el Hijo de Dios. Cumplió ampliamente su redención y nunca más volverá a hacerlo, porque esa única vez es eterna y para la eternidad. En cada momento de la historia de la humanidad, como los ocho del arca, el agua del bautismo hace este milagro. Y a partir de ahí, la redención se hace universal, aunque quiera que pongamos de nuestra parte para alcanzarla; la redención está, pero tenemos que «conquistarla» con nuestra cooperación y nuestro modo de vida.

«Se ha cumplido el plazo»

El Señor muestra detalles de verdadera consideración en su comportamiento. «Cuando arrestaron a Juan…» No irrumpe impetuoso en su ministerio entendiendo la impagable labor de Juan; espera a que desaparezca de la escena para comenzar su labor pastoral. Es más, utiliza en sus primeros mensajes palabras que Juan Bautista también empleara: conversión y aceptación de la Buena Nueva. Estos días de la Cuaresma se nos recuerda la necesidad de hacer pequeños sacrificios, en nuestra comida, con el ayuno y la abstinencia; pero también deberíamos practicar otra pequeña penitencia que no es corporal, como, por ejemplo, mostrar respeto y consideración a quien tenemos a nuestro lado o a quien no tiene los mismos sentimientos que nosotros. Es una lección que nos propone el Señor en el comienzo de su labor evangelizadora.