El Camino, la Verdad y la Vida

El Camino, la Verdad y la Vida

IV domingo de Pascua.

1 Co 15, 1-8; Sal 18, 2-3. 4-5 (R.: 5a); 1 P 2, 20b-25; Jn 14, 6-14.

1. “Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis.”

San Pablo recuerda a los de Corinto la solidez de la doctrina recibida. El fundamento: la pasión, muerte y resurrección de Jesús, acreditada por todos aquellos que constataron la realidad, tales como Pedro, los Doce, muchos otros, Santiago, e incluso al propio Pablo. La llamada de atención viene porque si no “conservais el evangelio que os proclamé”, “se ha malogrado vuestra adhesión a la fe”. La rutina, la “costumbre”, la desidia, ahogan la ilusión primera y hacen que vivamos un cristianismo apagado, plano, que nada tiene que ver con la luminosidad y alegría de la resurrección.

 

2. “Si obrando el bien soportáis el sufrimiento…”

Ante las distintas adversidad que padece el Pueblo de Dios tras la ascensión del Señor (incomprensiones, persecución, desprecio) san Pedro felicita a los fieles por aceptar esta situación, ya que es “una cosa hermosa ente Dios”. Con este comportamiento nos asemejamos a Cristo, quien padeció y sufrió escarnios y dolores por nosotros a causa de nuestros pecados. Gracias a que Jesús ofreció todo esto por nosotros, hoy, como ayer, todos podemos volver “al pastor y guardián de vuestras vidas”.

 

3. “Nadie va al Padre, sino por mí”.

Tomás, el apóstol, es el ejemplo del hombre que necesita la constatación de las cosas. Quien quiere racionalizar todo y no le basta la utoridad de quien se lo dice. La persona que necesita “procesar” lo que oye, ve y cree, aunque una vez constatado no necesita más pruebas. Felipe tampoco anda sobrado de confianza en las palabras del Maestro: “Muéstranos al Padre, y nos basta”.  Aunque maravillados por los signos evidentes del Mesías, no acaban, no acabamos, de ver más allá de la realidad presente. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Pero, aún después de tantos siglos, los seguidores de Jesús seguimos buscando otros caminos, otra verdad que nos acomode y otra vida, que no es la que Él promete, sino una vida terrena cómoda y sin mucho sacrificio. Y si no, un pequeño examen: ¿cuánto te cuesta (en todos los sentidos) vivir tu vida de católico hijo de la Iglesia?