¿Dios? ¿el César?

Domingo 29º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

Isaías 45, 1.4-6; Sal 95,1.3.4-5.7-8.9-10a.10e; Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21.

“Aaunque no me conoces”

El profeta Isaías hace aquí un canto a Ciro, rey de los persas, al que incluso lo considera ungido, y al que Yahvé lleva de la mano. Es el rey que reconstruyó el templo judío y el que tuvo diversas deferencian con el pueblo de Israel. El trato dispensado es similar al de los elegidos de Israel: “te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías”. Pero también le recurda quién es el verdadero Dios: “Yo soy el Señor, y no hay otro”. El domingo pasado san Pablo nos alentaba a imitar todo lo bueno y bello viniera de donde viniera. Este es un buen ejemplo de ello.

“Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros”

San Pablo no suele ser generoso en alabanzas en sus cartas, con lo que estas de hoy suenan más vigorosas. Está claro que la comunidad de Filipos gozaba de buena salud espiritual al expresar que “recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza”, es decir, el ejercicio de las tres virtudes cardinales, fundamentales y esenciales para vivir honradamente la vida de Dios. El comportamiento y la fe de esta joven comunidad le llena de orgullo tanto a él como a sus compañeros de evangelización, Silvano y Timoteo.

“¿De quién es esta cara?”

No es la primera vez que los enemigos de Jesús pretenden tenderle una trampa. Hay otras ocasiones, pero él siempre sale airoso; y no solo airoso, sino clarificando ciertos conceptos no muy patentes en el pueblo de Israel. Quizá nosotros, en tal situación, hubiéramos respondido con un “no” o un “sí”, dependiendo de hacia que parte pendulamos: al espiritualismo o al materialismo. Si es al primero, hubiéramos razonado nuestra afirmación con argumentos extraídos del Evangelio o de lecturas piadosas. Si la respuesta hubiese sido la segunda, lo habríamos hecho con largos discursos inspirados en motivos subversivos o revolucionarios, dependiendo el autor del que hayamos bebido. De ahí que la respuesta del Señor tenga aún más valor, porque viene cargada de serenidad, ecuanimidad y sentido. El católico vive en el mundo, y es parte de él, pero tiene una visión más amplia, más de altura; no puede perder de vista para qué y por qué está en este mundo. No puede olvidar que es ciudadano del mundo, ni tampoco del mundo futuro. Por esto, “hay que dar a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”.