¡Dichosos los que creen!

¡Dichosos los que creen!

Domingo II de Pascua o de la Divina Misericordia

Hch 5, 12-16 / Sal 117 / Ap 1,9-11 a. 12-13. 17-19 / Jn 20, 19-31

 

“Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia”

Los cristianos cantamos este salmo, especialmente en este do-mingo segundo de Pascua y de la DIVINA MISERICORDIA, en el que Jesús Resucitado pide al incrédulo Tomás que toque las lla-gas que han dejado los clavos y la lanza en su cuerpo glorioso. Esas marcas aseguran que la misericordia de quien las lleva, el Señor Resu-citado, no tiene límites. Porque sólo quien es capaz de sufrir hasta ese extremo es capaz de querer y de perdonar siempre.

 

“No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive”

Ojala que Cristo resucitado haya puesto en esta Pascua sobre nosotros su mano llaga-da, como nos narra el Apocalipsis para hacernos renacer, por medio de los sacramentos, de la in-creencia, de la flojera, de la duda, y del descuido en la fe y haya incrementado nuestro amor. Por-que ¿quién puede no amar a quien se entrega has-ta dejarse traspasar por clavos y lanza en un supli-cio como el de la cruz?

 

“Trae tu mano y métela en mi costado”

Como Tomás también nosotros, al comulgar, po-demos tocar y hasta meternos en las llagas del resu-citado y experimentar su amor y su misericordia sin medida. Y nos parecerá muy creíble la revelación que recibió Santa Faustina, origen de esta fiesta: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y ampa-ro para todas las almas y, especialmente, para los po-bres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de mi Misericordia. Derramo todo un mar de gracias so-bre las almas que se acercan al manantial de mi Mi-sericordia”. No desaprovechemos esta fiesta y vivá-mosla con piedad, alegría y ganas.