Contaban los discípulos

Domingo 3º de Pascua – Ciclo B

«Sé que lo hicisteis por ignorancia» (Hechos de los Apóstoles 3, 13-15.17-19).

Entregasteis, rechazasteis, pedisteis, matasteis. Palabras duras de san Pedro a sus contemporaneos a los que reprocha sus actos, pero a los que anima a rectificar. Jesús tenía que morir en la cruz como acto de oblación y entrega al Padre, y por tanto nececesario. Pero todo se puede rectificar con el arrepentimiento y la conversión. Lo que san Pedro aconseja a sus contemporaneos sirve también para nosotros actualmente. Nadie estamos libres de cometer iniquidades; el arrepentimiento de nuestros actos y la conversión hacia el Señor es lo que nos acerca a Él y condona nuestras culpas.

«En esto sabemos que lo conocemos» (1 de Juan 2, 1-5)

San Juan, en su primera carta, abunda en la idea de la anterior. Lo normal es que caigamos, quizá una y otra vez, pero siempre tenemos la mano amiga, Jesús resucitado, que nos saca de nuestras miserias. Lo peor que nos pueda ocurrir es caer en la palabrería; creernos nuestras propias mentiras cuando afirmamos que queremos mucho al Señor, pero que «pasamos» de los mandamientos. San Juan es sencillo, directos y claro: ¿cuándo sabemos que queremos y conocemos a Jesucristo?: cuando cumplimos sus mandamientos. Cualquiera lo puede entender.

«Mostró las manos y los pies» (Lucas 24, 35-48)

Estos días la Liturgia nos presenta a nuestra consideración el reiterado ir y venir de Jesús haciéndose presente a sus discípulos. A las mujeres, a unos pocos, a los de Emaús, a todos juntos. No es casualidad. Tiene que dejar bien claro a los ojos de los suyos que no es una ilusión mental, que no es una fantasía de personas «poco formadas» que sueñan con una quimera, que no es el delirio de quienes han perdido una ilusión y no saben cómo explicarla. Este hecho será la fuerza para extender el Reino de Dios hasta los confines de la tierra conocida, en aquel momento, y al resto después. Será lo que les lleve a dar hasta la última gota de su sangre, contentos y alagres por padecer por el Señor. Es, o mejor, debería ser, lo que a cada uno de nosotros nos impulsa a vivir como hijos de Dios, y no como amedrentados por supuestas dificultades para cumplir su voluntad.