¡Bendito el que viene!

Domingo de Ramos – Ciclo B

Isaías 50, 4-7; Sal 21, 8-9.17-18a.19-20.23-24; Filipenses 2, 6-11; Marcos 15, 1-39.

“Sabiendo que no quedaría defraudado”

Isaías resalta en su profecía no solamente la fortaleza de quien recibirá los injustos maltratos, sino también la certeza de que todo esto es un plan necesario para obtener su objetivo: la redención. Ese siervo doliente capaz de ofrecer su rostro al desprecio, de recibir vejaciones y dolor conoce que estará asistido, que no quedará defraudado. Docilidad, entrega y obediencia, como sumisión al proyecto de Dios Padre.

“Pasando por uno de tantos”

San Pablo pone de relieve la humildad y capacidad de Jesús, el cual, pudiendo haber actuado de otra forma, se sometió al sacrificio que se le había pedido. Es esa humildad, esa sumisión, la que luego le hace grande; la que le hace ser “Nombre sobre todo nombre”, hasta el punto de convertirlo en gloria de Dios Padre con sólo pronunciarlo.

“Pues ¿qué mal ha hecho?”

La lectura de la Pasión nos pone hoy ante la realidad cruda y descarnada de la injusticia humana. Nada hay que pueda justificar la violencia, el escarnio, la vejación, y la humillación contra una persona, como la que se describe en este relato. Cuando los seres racionales queremos suplantar a Dios, volvemos a comportarnos de la misma manera. ¿Qué sentido tiene en una sociedad aparentementa avanzada la eutanasia, el aborto, la violencia gratuita, el terrorismo, la agresión a quienes no piensan como nosotros? No es fácil justificar el proceso seguido contra el Señor para llevarlo a la cruz, como tampoco lo es justificar los atentados a la vida en la sociedad moderna. Pero hay una diferencia. El del Señor era necesario para nuestra redención; tenía que morir en la cruz. El nuestro es todo lo contrario; no lleva a ninguna redención, tan sólo a la destrucción.