Aprender de los signos que dan los tiempos

Domingo 33º del Tiempo Ordinario – Ciclo B

«Muchos de los que duermen en el polvo despertarán» (Daniel 12, 1-3)

Nos acercamos al final del Año Litúrgico, y es tiempo de pensar en algo más que en el día a día. La Liturgia nos va preparando para que pensemos en nuestro encuentro con Dios cuando tengamos que rendir cuentas ante Él. Y el profeta Daniel nos avanza lo que será esa rendición de cuentas. No será importante ni la fama que hayamos podido tener, ni la posición social, ni la importancia concedida por la sociedda a nuestra persona. Lo importante será que seamos como los sabios (los que entendieron y vivieron la vida según Dios), que brillarán como el fulgor del firmamento, o como los que enseñaron a muchos la justicia (amaron al prójimo como a sí mismos), porque ambos brillarán como las estrellas por toda la eternidad.

«Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio» (Hebreos 10, 11-14.18)

La carta a los Hebreos nos recuerda quién es el importante en la Iglesia, y quién es el que realmente tiene el poder suficiente para renovar nuestra vida interior. A veces nos perdemos en disputas estétiles intentando establecer criterios que no siempre van acordes con lo real. La Misa, por ejemplo, podemos convertirla en un maravilloso espectáculo de luces, imagen y colores, pero será eso: un espectáculo de luces, imagen y colores. Es decir, si apartamos el sentido de la Misa para convertirlo en otra cosa que no sea la muerte y la resurrección del Señor, será un acto muy entretenido, pero no la muerte y la resurrección del Señor. Como dice la carta, Él se ofreció una vez para siempre en la cruz; nosotros tenemos que hacerlo a diario porque participamos de Él.

«El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán» (Marcos 13, 24-32)

El Señor nos advierte de una serie de signos que se darán antes de que el mundo acabe, y nosotros seguimos sin saberlos interpretar. Ahora estamos muy sensibilizados y pendientes de ciertos signos, pero seguimos sin saber interpretarlos. Nos dicen de las catástrofes que ocurrirán si la tierra se calienta, pero no se toma en ninguna consideración el genocidio de la humanidad por la plaga del aborto. Estamos pendientes de la atmósfera y las consecuencia que pueden sobrevenir por ello, pero seguimos maltratando a la humnidad con ideologías que discriminan a quienes ella considera «personas poco productivas», a las que se pueden eliminar. Se desprecia la vida y se embrutece a los jóvenes evitando que puedan alcanzar un desarrollo integral de su vida. Aprendamos de la parábola de la higuera, como Él nos aconseja.