Vendrá con gran poder y gloria

Domingo 1º de Adviento – Ciclo C

«Cumpliré la promesa» (Jeremías 33, 14-16)

A diferencia de nosotros, los humanos, que de vez en cuando prometemos cosas que nunca cumplimos, Dios sí lo hace. Él nos promete su gracia, su afecto, su comprensión, su vida eterna, e incluso el envío de su Hijo a redimirnos. Nosotros prometimos en nuestro batismo (por medio de nuestros padres) guardar el tesoro recibido de la gracia; en la confirmación que queríamos ser sus heraldos en el mundo y nuestro entorno; en la penitencia que no volveríamos a pecar y que estábamos arrepentidos de nuestras faltas y pecados. ¿Cuánto duro? Pues aprendamos de Dios; a pesar de los pesares, Él siempre cumple sus promesas.

«Santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús» (Tesalonicenses 3, 12–4,2)

Y esto del Adviento, ¿de qué va? Pues de espera, de preparación, de cambio de vida, de arrepentimiento sincero de nuestras faltas y pecados contra Dios, sus mandamientos o el prójimo. Es decir, como explica san Pablo, de preparar nuestro corazón y nuestra alma ante la venida del Salvador. Para que no nos ocurra lo que san Juan relata en el prólogo de su Evangelio: «Vino a los suyos» y no se enteraron porque esperaban algo espactacular, algo con trompetería y fuegos de artificio, y vino como un indefenso niño que necesitaba los cuidados de su madre como cada uno de nostros, de ahí que «no lo conocieron», apostilla san Juan. Pues que no nos pase lo mismo.

«Estad, pues, despiertos» (Lucas 21, 25-28.34-36)

El domingo pasado ya se nos advertía de los signos que precederán el final de los tiempos. Entonces se nos reprochaba no conocerlos por estar a otras cosas de las que debíamos estar. Hoy nos advierte de lo mismo; del final de los tiempos. Pero quizá, ayer como hoy, estamos más pendientes de otras cosas que de los planes de Dios. Son nuestros planes, que no siempre coinciden con los del Señor. No hacemos caso de la importancia del tesoro escondido, que hay que descubrir; de las bienaventuranzas, que nos advierten de la importancia de las cosas pequeñas y generosas; del «amaos los unos a los otros como Yo os he amado». Todo necesario para «poder mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre».

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