Valores duraderos

Valores duraderos

Domingo XXXIII del tiempo ordinario

Ml 3,19-20a / Sal 97 / 2Ts 3,7-12 / Lc 21,5-19

1. Lo aparente no perdura

Se acaba el año litúrgico y el año de la Misericordia. En la misa se nos leen pasajes bíblicos que nos ayudan a entender el mundo y a distinguir las apariencias, que perecerán, de los valores que perduran. Y se nos anima a cultivar lo duradero sin entretenernos en lo aparente.

La primera lectura, tomada del Profeta Malaquías, contiene palabras fuertes que amenazan con fuego y destrucción a los malvados, cuyo triunfo no puede durar porque se basa en apariencias y no en valores que duran.

Y, en el Evangelio, Jesucristo anuncia que todo lo material se acabará, incluso los templos, construidos por mano de hombres. “Con vuestra perseverancia –advierte, situando al espíritu por encima de la materia- salvaréis vuestras almas”. Pero, afirma también que lo duradero, lo que procede del espíritu y no de la materia, cuesta y no está ni estará de moda. Que vivimos en un mundo de apariencias que persigue al que va más allá de lo superficial y promueve la verdad, el bien y la justicia, que son valores permanentes del espíritu.

Pero el ocuparse de lo duradero –advierte San Pablo en su carta a los tesalonicenses- no significa estar mano sobre mano. Porque se necesita ganarse el pan para promover, a la vez, valores como la cultura, la fe o la justicia.

2. El mundo se transforma si mejoran las personas.

Nos quejamos a menudo del mundo que nos ha tocado vivir, olvidando que Dios no lo despreció sino que quiso habitar en él, haciéndose uno de nosotros. Y vino, para mejorar a las personas, hacerlas justas y rectas, y así lograr que ellas mejoren el mundo e instauren en él los bienes que perdurarán cuando Dios lo juzgue y haga prevalecer la verdad y la justicia. Así “regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud” (salmo responsorial). También lo decía, de parte de Dios, el profeta Malaquías, en la primera lectura: “A los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud en las alas”. Y Jesucristo en el Evangelio: “Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro”. Es decir, los hombres transformados por Dios, transformarán el mundo dotándolo de bienes que no desaparecerán cuando lo material se acabe ¿No nos estará invitando a lo mismo a nosotros?

3. La Eucaristía cambia el mundo, porque transforma los corazones.

Dios nos transforma sin forzarnos. Lo hace entregándose en la cruz, victima de la injusticia, pero sin dejarse corromper por ella. Y fruto de esa entrega hasta la muerte es la Eucaristía. Comulgando nos transformamos y nos capacitamos para cambiar a mejor nuestro mundo. Veremos así desaparecer tantas apariencias efímeras y nacer realidades perdurables, que nos darán esperanza en el Dios que llega para “regir el orbe con justicia y los pueblos con rectitud”. Y seremos más felices y haremos felices a muchos. Y, no para un momento corto, sino para la eternidad.

Ángel Mª Pascual
pascualangelma@hotmail.com

Lunes: Ap 1,1-; 2,1-5 a / Sal 1 / Lc 18,35-43
Martes: Ap 3,1-6, 14-22 / Sal 14 / Lc 19,1-10
Miércoles: Ap 4,1-11 / Sal 150 / Lc 19,11-28
Jueves: Ap 5,1-10 / Sal: 149 / Lc 19,41- 44
Viernes: DEDICACIÓN DE LAS BASÍLICAS DE S. PEDRO Y S. PABLO: Ap 10,8-11 / Sal 118 / Lc 19,45-48
Sábado. Ap 11,4-12 / Sal 143 / Lc 20,27- 40