Vacaciones, ¿sinónimo de no hacer nada?

Vacaciones, ¿sinónimo de no hacer nada?

La voz del Obispo

No cabe duda de que todas las culturas y todos los pueblos han avanzado de forma que podríamos calificar de espectacular. Y en concreto en lo que hace al trabajo. Aquellos tiempos de nuestros abuelos, el trabajar de sol a sol todos los días, exceptuado el domingo y fiestas de guardar que gozaban de un entorno religioso-cívico ansiosamente esperado, esos tiempos, digo, ya se han acabado.

Hoy, el trabajo (horarios, salarios, derechos, obligaciones) es una realidad perfectamente diseñada y estructurada. Nada se deja a la improvisación. El descanso – en forma de ocio – tampoco. Podemos organizar el verano, solos o en familia, hasta el último detalle.

Dicho esto, me propongo hoy, iniciado ya el verano,  ofrecer a nuestros lectores una breve reflexión acerca de la importancia del tiempo, del aprovechamiento del tiempo, habida cuenta de que el tiempo lo da Dios y no lo podemos desperdiciar. Nuestro refranero, tan rico y variado, ya habla de que “el tiempo es oro”. A la luz de la narración del libro del Génesis acerca de cómo Dios creó el mundo, los mares, los ríos, los montes, los animales, el hombre y la mujer, y el tiempo que empleó, podemos sacar la conclusión de que a los ojos de Dios – a los planes de Dios sobre el hombre – el tempo es más que oro, es un don de Dios, que no podemos malgastar ni tampoco matar. Aquello de “matar el tiempo” no puede valer para los hijos de Dios ni tampoco para todos aquellos que tienen un alto concepto de la dignidad del ser humano.

“Hay que sacar todo el rendimiento a los sesenta minutos de cada hora”, pedía de manera gráfica el gran narrador y periodista Rudyard Kipling. Pero es que los cristianos tenemos a mano un argumento mucho más sólido y estimulante como es la parábola en la que el Señor alaba a aquel siervo que, habiendo recibido cinco talentos le presentó otros cinco. Mereció escuchar de boca de Dios esta alabanza: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu Señor”. Otro siervo perdió el tiempo y no permitió que los talentos fructificaran, mereció del Señor el calificativo despectivo de “siervo negligente y holgazán”.

Descansar en vacaciones no consiste en no hacer nada. Hay que insistir en ello. No hacer nada no descansa. Descansa el cambiar de ocupación: todas esas iniciativas que en tiempo de trabajo no podemos sacar adelante,  como leer un libro determinado o varios, esa audición musical, esa visita cultural pendientes. Y hay más: intentar sacar un tiempo para ver a ese enfermo, a aquella persona que sabemos lo está pasando mal. Echar una mano en alguna de las muchas iniciativas sociales que hay a nuestro alrededor: Cáritas, un campo de trabajo, la parroquia.

Quiero terminar sugiriendo los dos modos mejores a nuestro alcance para descansar: la primera tiene a Dios como compañero y protagonista. Cuida la oración, saca algún rato para estar a solas con él en la iglesia, en el campo o en tu propia casa, con el evangelio en la mano. Cuida especialmente la misa. Y la segunda sugerencia, no menos importante: vuélcate en verano con tu mujer, tu marido, tus hijos. Serán tu mejor descanso. Habla, canta, reza mucho con ellos. Y también con algún familiar que ande un poquito despistado o que se sienta solo.

Resumiendo: no estés mano sobre mano, que no descansa, y vive las vacaciones con los tuyos. Lo pasarás muy bien y podrás volver al trabajo como nuevo.

Con mi bendición.