Preparar el camino al Señor

Preparar el camino al Señor

Domingo II de Adviento

Is 40, 1-5.9-11 / Sal 84 / 2 P 3, 8-14 / Mc 1, 1-8

1.“Que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”

El segundo domingo de Adviento es una luz nueva en nuestro camino hacia Dios, que viene a nuestro encuentro. Una luz que buscaba Israel, desterrado lejos del Templo, y que esperaban los pueblos paganos cegados por la idolatría. El profeta Isaías anuncia, como algo ya inminente, que “se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos”. Y pide a los creyentes, de entonces y de hoy: “En el desierto preparadle un camino al Señor, que los valles se levanten, que los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”.

 

Algunos creyentes judíos entendieron este anuncio al pie de la letra y se retiraron al desierto de Judá en las inmediaciones del mar Muerto? ¿Nos retiraremos también nosotros al desierto de la queja, esperando que otros nos resuelvan los problemas y pensando salvarnos así? ¿No deberíamos, más bien, asumir nuestra responsabilidad, enderezar nuestro comportamiento, reconocer la parte de culpa que nos corresponde en los males que nos aqueja y buscar la salvación en Dios y no exclusivamente en el consumo desmedido de bienes materiales?

 

2. “Que Dios os encuentre en paz con Él”

Vivimos tiempos de incertidumbre y nos invade el temor por el futuro. Hace unos años el progreso era imparable y ahora se ha vuelto incierto ¿Qué hacer en este trance? El Apóstol San Pedro nos lo aclara: “Confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables”. No es, pues, cuestión sólo de reajustes económicos, que habrá que hacer sin duda, sino de reajustes de vida. Como nos dice San Pedro: ¿Estamos en paz con Dios? ¿Somos irreprochables en la conducta?

 

El viernes pasado, día ocho, hemos celebrado la fiesta de la Inmaculada. Como María, deberíamos vivir más para Dios y menos para el simple bienestar material. Nuestro mundo cambiaría y se despejaría el futuro. Y la próxima Navidad sería más esperanzadora y feliz.

 

3. Viene el que bautizará con Espíritu Santo

Esperamos la Navidad tal vez demasiado a lo pagano. El evangelista San Marcos, que nos acompañará en la misa de todo este año litúrgico, recién comenzado, corrige nuestras expectativas, indicando que esperamos al que nos “bautizará con Espíritu Santo”.

 

Necesitamos, pues, corregir esa visión consumista de la Navidad, que la reduce a comer y beber y esperar nos toque el gordo de la lotería y tener regalos caros en Reyes. La Navidad nos trae mucho más, pero necesitamos despertar en nuestro espíritu la fe bautismal para poderlo percibir.

 

La Navidad nos trae a Dios. Y Dios nos cura del materialismo agobiante con su Espíritu regenerador, con su Espíritu Santo. Tal vez podíamos irle dando lugar al Espíritu en nuestra alma y en nuestro horario, sacando en estos días tiempo para orar y vivir un poco más desprendidos de la televisión o el ordenador y ser un poco más solidarios con los necesitados ¿Lo intentamos?

Ángel Mª Pascual, pascualangelma@hotmail.com

 

Lunes: Is 35, 1-10 / Sal 84 / Lc 5, 17-26
Martes: Is 40, 1-11 / Sal 95 / Mt 18, 12-14
Miércoles: Is 40, 25-31 / Sal 102 / Mt 11, 28-30
Jueves: Is 41, 13-20 / Sal 114 / Mt 11, 11-15
Viernes: Is 48, 17-19 / Sal 1 / Mt 11, 16-19
Sábado: Eclo 48, 1-4. 9-11 /Sal 79 / Mt 17, 10-13