¡No tengáis miedo!

¡No tengáis  miedo!

Domingo 4º del Tiempo Ordinario

Jer 1, 4-5.17-19 / Sal 70 / 1Cor 12, 31-13,13 / Lc 4, 21-30

 

“Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”.

Al profeta Isaías le tocó vivir uno de los periodos más turbulentos de la historia del Pueblo de Israel, que acabaría en un largo destierro. Los asirios amenazaban sus fronteras y la increencia, la inmoralidad y la idolatría lo corrompían por dentro. En ese contexto Dios llama al profeta y le pide valentía para dar la vuelta a la situación, sin acobardarse ante las consecuencias. Nuestra sociedad padece males semejantes y necesita creyentes que no teman luchar por la verdad y la justicia, convencidos, como el Profeta, de que Dios está con nosotros.

 

“El amor es comprensivo, servicial, no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es maleducado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal”.

En el siglo XX se escuchó con insistencia la llamada a la lucha contra la injusticia, estimulada y motivada por el odio. A los creyentes del siglo XXI el Apóstol nos motiva al amor. Ese amor cristiano la gran riqueza de la Iglesia y de sus hijos creyentes, con ella se puede socorrer la pobreza que nos abruma.

 

“Se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo”.

Tremenda situación, que Cristo afronta con valentía: “Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”. El miedo es un sentimiento muy humano. El creyente lo supera, unido a Cristo, fortalecido por sus sacramentos y estimulado por su ejemplo y así se “hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones, hasta la renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa” (Catecismo de la Iglesia, nº 1808). Y, si Cristo pudo, nosotros también.