La voz del Obispo

La voz del Obispo

“YO SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN”

El 11 de febrero de 1858, en el lugar llamado la gruta de Massabielle, una simple muchacha de Lourdes, Bernadette Soubirous, vio una luz y, en la luz, una mujer joven. La mujer le habló con dulzura y bondad, respeto y confianza. En la conversación la Señora le encarga transmitir algunos mensajes muy simples sobre la oración, la penitencia y la conversión. En aquellas apariciones del 25 de marzo de 1858 en Lourdes, ella misma revela su nombre de este modo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Como nos recordaba Benedicto XVI, el último Papa que ha visitado Lourdes, en septiembre de 2008 con motivo del Año Jubilar por el 150 Aniversario de las apariciones: “María desvela de este modo la gracia extraordinaria que Ella recibió de Dios, la de ser concebida sin pecado (…). María es la mujer de nuestra tierra que se entregó por completo a Dios y que recibió de Él el privilegio de dar la vida humana a su eterno Hijo: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Ella es la hermosura transfigurada, la imagen de la nueva humanidad. De esta forma, al presentarse en una dependencia total de Dios, María expresa en realidad una actitud de plena libertad, cimentada en el completo reconocimiento de su genuina dignidad. Este privilegio nos concierne también a nosotros, porque nos desvela nuestra propia dignidad de hombres y mujeres, marcados ciertamente por el pecado, pero salvados en la esperanza, una esperanza que nos permite afrontar nuestra vida cotidiana. Es el camino que María abre también al hombre. Ponerse completamente en manos de Dios, es encontrar el camino de la verdadera libertad. Porque, volviéndose hacia Dios, el hombre llega a ser él mismo. Encuentra su vocación original de persona creada a su imagen y semejanza”.

Cuatro años antes de las apariciones de Lourdes, Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (1854). Esta tuvo lugar en un contexto histórico en el que parecía imponerse de forma arrolladora, una cultura del progreso centrada en el poder ilimitado del hombre sobre sí mismo y sobre el mundo. No habría más ley ni más referencia de bien o del mal que la que el hombre estableciese o reconociese autónomamente para sí mismo, sobre todo, a través del Estado y del ejercicio del poder que le es propio, el poder político. En el Estado se creía encontrar la fórmula más eficaz y perfecta del poder: el poder soberano, desvinculado de toda instancia moral y espiritual trascendente.

En aquel complejo marco social surge el mensaje que Santa María da a aquella sencilla muchacha francesa: venía a alertarla y alentarla para que llamase la atención al mundo de lo que significaba la tremenda realidad del pecado, que en muchas ocasiones se manifiesta en el olvido intencionado de Dios suscitando nuevos modos de idolatría. Urgía un gran movimiento de conversión, de vuelta al Dios Creador y Redentor del hombre que se nos había revelado y donado en el Misterio de Cristo. Conversión que ya entonces debía ser asumida desde dentro de la propia Iglesia como una renovada y firme elección del camino de la santidad y del apostolado para todos sus hijos, sin distinción de vocaciones y de estados de vida, y proyectada hacia el mundo a través del testimonio y compromiso público de los católicos con todas las causas que preocupaban a la sociedad y al mundo.

En la celebración de la Solemnidad de la Inmaculada aquel mensaje, aquella maternal invitación, sigue manteniendo plena actualidad. Pedimos a Nuestra Madre Inmaculada, que llene nuestro corazón y el de nuestros contemporáneos de la gracia de su Hijo, para ser capaces de volvernos también nosotros a Dios para llegar a ser realmente nosotros mismos: “Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento”. (Francisco, Evangelii Gaudium 1)

Volver nuestro rostro a Cristo que nace, acogerle en nuestro corazón esta Navidad y pedirle la gracia de ser nosotros mismos, conforme el plan de Dios. Un magnífico programa para este tiempo de Adviento que os invito a vivir de la mano de María, la Virgen Inmaculada.

+ Carlos Escribano Subías, Obispo de Calahorra y La Calzada – Logroño