La luz de Dios, que es Cristo

La luz de Dios, que es Cristo

Domingo III del tiempo ordinario

Is 8,23b-9,3 / Sal 26 / 1Co 1,10-13 / Mt 4,12-23

1. Disipa la oscuridad interior

El pueblo que caminaba en tinieblas –profetizó Isaías- vio una luz grande. Y la profecía se cumple cuando se presenta Jesucristo en la fértil, pero incrédula, Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando el evangelio del Reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

Eran los corazones los que necesitaban ser iluminados. Y Jesucristo los ilumina –dice el Catecismo- convocándolos en torno a Él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, y por el envío de sus discípulos. Pero, sobre todo, disipará la oscuridad –añade el mismo Catecismo- por medio del gran misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. Y es que Cristo –aclara el Concilio Vaticano II- es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el evangelio a todas las criaturas.

Con esa luz nadie se pierde. Sin ella, todo se vuelve confuso y gris. ¿No será esto lo que explica la confusión que reina en nuestras sociedades y las tristezas y desesperanzas que nos amenazan? ¿No será que hemos encendido potentes luces humanas, pero estamos apagado entre todos la luz de Dios?

2. Se difunde de corazón a corazón

Paseando –dice el evangelio- junto al lago de Galilea, Jesús vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés. Y más adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan. Y es que Jesús, que es la luz del mundo, busca corazones a los que iluminar, para que, a su vez, iluminen el mundo. Corazones, más que planificaciones o simples montajes.

Y los corazones, iluminados por Dios, difunden eficazmente su luz si están unidos entre sí y con Dios. Lo dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura de este domingo, que continúa la del domingo anterior: Poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir.

En estos días de enero, celebramos precisamente el octavario por la unidad de los cristianos, para pedir la unidad en la verdad y en el amor, dentro de la única Iglesia fundada y querida por Cristo. Escuchando la Palabra de Dios y dejándonos iluminar la mente y el corazón, ojala oremos también por la unidad de los creyentes en Cristo y trabajemos cuanto esté de nuestra parte para fomentar la unidad y el amor mutuo.

3. La Eucaristía ilumina y une

Se trata, pues, de iluminar a las personas pero también de alimentarlas. Pero en la mesa de Dios y no únicamente en mesas humanas. Cuando se consiga la unidad en la mesa eucarística, se habrá logrado la plena unidad querida por Cristo. Dice el Catecismo: Cuanto más dolorosamente se hacen sentir las divisiones de la Iglesia que rompen la participación común en la mesa del Señor, tanto más apremiantes son las oraciones al Señor para que lleguen los días de la unidad completa de todos los que creen en Él.

¡Que gran tarea tenemos por delante y cuanta luminosidad podemos llevar a nuestro mundo dividido, oscuro y roto!

Ángel Mª Pascual pascualangelma@hotmail.com

Lunes: Hb 9,15.24-28 ; Sal 97 / Mc 3,22-30
Martes: Heb 10, 1-10 / Sal 39 / Mc 3, 31-35
Miércoles: La Conversión de San Pablo: Hch 22, 3-16 / Sal 116 / Mc 16, 15-18
Jueves: Hb 10, 19-25 / Sal: 23 / Mc 4, 21-25
Viernes: Hb 10, 32-39 / Sal 36 / Mc 4, 26-34
Sábado: Hb 11, 1-2. 8-19 / Sal Lc 1, 69-75 / Mc 4, 35-41