¡Feliz Navidad!

¡Feliz Navidad!

El pueblo que andaba en tinieblas
vio una luz grande.
Sobre los que vivían en tierra de sombras,
brilló una luz.
Acrecentaste el gozo,
hiciste grande la alegría.
Se han alegrado al verte,
como se alegran en la siega,
como se gozan repartiendo botín.
Porque el yugo que les pesaba
y el palo en su hombro
– la vara de su tirano –
has quebrantado, como el día de Madián.
Porque toda bota que taconea con estrépito,
y el manto revolcado en sangre
serán para la quema,
pasto del fuego.
Porque un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado.
El señorío reposará en su hombro,
y se llamará «Maravilla de Consejero»,
«Dios Fuerte», «Siempre Padre»,
«Príncipe de Paz».
Grande es su señorío y la paz no tendrá fin
sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia.
Desde ahora y hasta siempre,
el celo de Yahveh Sebaot hará eso.

(Is 9, 1-6)