Encontrarse con Jesús Resucitado

Encontrarse con Jesús Resucitado

Domingo III de Pascua

Hch 2, 14.22-33 /  Sal 15  /  IP 1, 17-21 /  Lc 24, 13-35

1. “Sus ojos no eran capaces de reconocerlo”

El tercer domingo de la Pascua nos presenta uno de los más bellos relatos evangélicos  del  encuentro  del  Resucitado  con  sus  aturdidos  discípulos,  para enseñarnos que también nosotros, quizá más aturdidos aún que ellos, podemos hoy encontrarnos con él, porque vive. Pero,  como  los  discípulos  en  el  camino  de  Emaús,  tenemos  los  ojos  abiertos a la luz  pero cerrados a la fe.

Como ellos, necesitamos cuestionarnos, recapacitar  sobre  los  motivos  de  nuestra  tristeza  y,  sobre  todo,  escuchar  la  Palabra de Dios, que brota misteriosamente de labios del Resucitado en su Iglesia: “Comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura”. Por eso, dice el catecismo, “La Iglesia recomienda insistentemente a todos los fieles la lectura asidua de la Escritura para  que  adquiera  la  ciencia  suprema  de  Jesucristo,  pues  desconocer  la  Escritura es desconocer a Cristo”.

2. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”

Encontrarse   con   Dios,   nos   enseña   este   impresionante   testimonio evangélico, no consiste en verle con los ojos, sino en percibirlo en el interior, con el corazón, donde se reconoce a quien se quiere y se rechaza a quien se desprecia.

Desde  Pascua  el  cuerpo  resucitado  de  Cristo,  “auténtico  y  real,  posee  las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre. Por esta razón también Jesús  resucitado  es  soberanamente  libre  de  aparecer  como  quiere:  bajo  la  apariencia de un jardinero o “bajo otra figura” distinta de la que era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe” (Catecismo de la Iglesia).

Impresiona que estos discípulos, después de reconocer a Cristo, recordaran el ardor que sintieron en su corazón oyéndole explicar las Escrituras. Tal vez nosotros tenemos hoy demasiado endurecido el corazón, por la abundancia de  los  bienes  materiales,  y,  por  eso,  no  sentimos  esos  ardores  en  nuestra  escucha de la Palabra de Dios en su Iglesia. Algo habrá que hacer en esta Pascua para que nuestros corazones se conmuevan: ablandarlos a base de oración, reflexión y entrega.

3. “Lo reconocieron al partir el pan”

Los discípulos no eran aún plenamente conscientes de haberse encontrado con el Resucitado, pero pidieron prolongar aquel encuentro con una oración que puede ser modelo para la nuestra en cada Eucaristía dominical: “Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída”. El Resucitado escucha la plegaria y, “sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció”.

Y  también  en  nosotros  se  dará  el  mismo  reconocimiento  y  el  mismo  encuentro  si  nuestros  corazones  entran  en  la  misma  sintonía  de  fe  y  de  amor.  Y  reviviremos  esa  misma  experiencia  que  también  comunicaremos  de  inmediato  a  nuestros  contemporáneos.  Así  construiremos  la  Iglesia  y  sembraremos el mundo de optimismo y de alegría ¡Buena falta le hace!

Ángel Mª Pascual, pascualangelma@hotmail.com

Lunes: Hch 6, 8-15; Sal 118 /  Jn 6, 22-29
Martes: Hch 7, 51-8, 1a /  Sal: 30 / Jn 6, 30-35
Miércoles: Santos Felipe y Santiago, 1Cor 15, 1-8  /  Sal18  /  Jn 14, 6-14
Jueves: Hch 8, 26-40 / Sal: 65 / Jn 6, 44-51
Viernes: Hch 9, 1-20 / Sal 116 /  Jn 6, 52-59
Sábado: Hch 9,31-42.  /  Sal 115 /  Jn 6, 60-69