Abren el presbiterio y el altar mayor dos bellísimos púlpitos de estilo plateresco, repujados en chapa de hierro y fechados en 1540.
Francisco de la Cueva, auténtico especialista en columnas salomónicas, ayudado por Vicente Lópes de Frías labrado el aparato escultórico del retablo y policromándolo Juan de Munarriz, se presentaba a la aprobación del cabildo de canónigos en 1685. En la caja central, el árbol de Jesé, en cuya copa peana preside Santa María de la Redonda, imagen del siglo XV.
San Pedro y San Pablo se yerguen en las calles laterales. En el tímpano un crucifijo de mediados del XVI. Sobre una repisa un relicario-baldaquino, encuadra un expositor de plata en cuyo interior se aloja una Inmaculada, también de plata, labrada en torno a 1555.
Once arrobas de plata de ley, repujada, adornando frontales y basas de este altar con estatuillas y otros grutescos, fueron arrebatadas de esta iglesia en virtud de aquella ley de Desamortización de 18354 en que por disposición del Ministro de Hacienda Mendizábal, exigía que las propiedades fijas y estancadas se debieran convertir en libres y circundantes, declarándolas de propiedad nacional y por el procedimiento de subasta, pasando de las manos muertas de la Iglesia católica a otras manos más hábiles y aprovechadas, ensu mayoría a miembros de la burguesía y a grandes propietarios.
En el siglo XVIII a costa del obispo Espejo y cisneros unos frescos barrocos adornan de manera verdaderamente espectacular el techo del presbiterio.
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