Juan Bascardo, el artista más destacado de su tiempo, llevará a cabo la obra del retablo para contener la magnifica efigie del Cristo.
Figura dolorida, sin excesos de trágicas crispaciones y que irradia una enorme majestad.
Se dibujan los gestos agónicos. En el tórax, las costillas se distinguen precisas y patéticas, aflorando así la humanidad de Cristo. Boca mínimamente entreabierta y como terminando de pronunciar la última palabra de entrega al Padre.
Precisos y subyugadores relieves de primera clase. Un magnífico sagrario con el Salvador, San Emeterio y San Celedonio en los laterales, San Pedro y San Pablo en lo alto. En la hornacina que corona el ático, una primorosa Inmaculada Concepción del genial artista castellano Gregorio Fernández.
Remata el retablo los escudos de armas del Fundador.
