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Una de las primeras decisiones a comienzos del siglo XVIII fue la decoración y ampliación de las puertas de acceso, pues eran pobres y estrechas. Para esto se acudió al montañés Fernando de la Peña, el cual presentó trazas que el cabildo aprobó como satisfactorias. En 1700 trabajaba ya en ellas el “maestro de escultura” Sebastián de Portu, quien las finalizó ya para el año 1709.

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Ampliación del siglo XVIII, con las torres y la capilla de los Ángeles

En 1727 recibió por parte del Papa Benedicto XIII el aval que necesitaba la Colegiata para equipararse al resto de las parroquias de Logroño, a pesar de la oposición del resto de las mismas. El Papa, por bula pontificia, le concedió el título de “Insigne”, subiendo otro escalón más en su ascenso y estimación episcopal.

Este hecho le animó a acometer un problema que arrastraba desde el siglo XVI, pues se alzaron dos torres pero de corta altura y de pobre estructura, las cuales desdecían por desproporcionadas del esbelto cuerpo surgido entonces. Así, pues, se decidió la costosa construcción de las dos torres actuales con la grandiosa portada alojada entre ellas. Fue empeño, fundamentalmente, del obispo Espejo quien, en 1742, se comprometió con todos sus bienes en la empresa; en esta fecha estaba ya comprometido el maestro Juan Bautista de Arbaiza con su proyecto y contrato de dirección; luego entraría también Martín de Beratúa. En agosto de 1756 se daban por finalizadas las obras de las dos torres, elementos emblemáticos para la ciudad.

Proyectar el espacio entre el templo y las torres le costó a Juan Bautista Arbaiza 4 años, hasta que, al fin, en 1746, el cabildo aprobó su traza, la cual consistía en un recinto de planta octogonal y una amplia cúpula. Trabajaron en ella los maestros de cantería Martín de Beratúa y Martín de Arbe, y las obras se extendieron siete años más que las torres, hasta 1763; el 3 de septiembre de ese año se conmemoraba el final de las mismas con una salve cantada.