El fundamento de nuestra fe

El fundamento de nuestra fe

La voz del Obispo

¡Aleluya! ¡El Señor Jesús ha resucitado! La fe de los cristianos es la fe en la persona de Cristo que ha sido devuelto a la vida. La fe en Cristo y en Dios no es plena sino haciéndose fe en el Señor resucitado. El Papa Benedicto en su último mensaje de Pascua, nos decía: “si Jesús ha resucitado, entonces –y sólo entonces– ha ocurrido algo realmente nuevo, que cambia la condición del hombre y del mundo. Entonces Él, Jesús, es alguien del que podemos fiarnos de modo absoluto, y no solamente confiar en su mensaje, sino precisamente en Él, porque el resucitado no pertenece al pasado, sino que está presente hoy, vivo. Cristo es esperanza y consuelo de modo particular para las comunidades cristianas que más pruebas padecen a causa de la fe, por discriminaciones y persecuciones. Y está presente como fuerza de esperanza a través de su Iglesia, cercano a cada situación humana de sufrimiento e injusticia”.

 

La fe en el Resucitado tiene, pues, consecuencias inmediatas en nuestra vida de creyentes. Al resucitar, Cristo levanta al ser humano dela postración de la muerte a la que el pecado le tenía sometido, para abrir ante él una insospechada perspectiva de vida en plenitud. Nos introduce en una experiencia de alegre confianza que nos lleva a creer y esperar en la propia resurrección. Albergar esta esperanza en nuestra resurrección, nos libera interiormente del egoísmo y de la idolatría de las cosas de este mundo, nos libera para el amor de Dios y para el amor del prójimo, para la entrega de la vida en la alabanza a Dios y en el servicio a todos los hombres; nos mueve, en palabras del Papa Francisco en la homilía de inicio de su pontificado, a “custodiar a la gente, a preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón”.

 

La centralidad de la Resurrección nutre también nuestro compromiso evangelizador. Al confesar nuestra fe en la resurrección de Cristo, podemos decir que ¡Jesús es nuestra vida! Pero esta afirmación no nos hace mirar solo al más allá, sino todo lo contario. El haber resucitado, se nos ofrece como alimento de vida eterna en el caminar por este mundo; se nos presenta como fuente de aguaviva y como luz que disipa las tinieblas de la muerte.

 

Esa presencia debe ser vivida, anunciada y compartida. Los creyentes somos testigos del resucitado, pues hemos sido seducidos por un acontecimiento (la persona de Cristo resucitado) que ya no nos deja indiferentes, sino que nos mueve a anunciar con ilusión la alegría de una fe que se renueva con el acontecimiento de la Resurrección.

 

El reto que tenemos delante es muy grande. Renovar nuestra fe, para ser testigos de Jesús. La Misión diocesana que estamos preparando nos anima a ello, y en este tiempo de gracia que es la Pascua, debemos de pedir al Espíritu Santo que nos llene de su sabiduría en este momento de impulso evangelizador en nuestra diócesis. Me resultan sugerentes las palabras que el entonces cardenal Bergoglio dirigió a sus diocesanos de Buenos Aires para la preparación de la cuaresma del Año de la Fe. Era una propuesta para su diócesis en la que ya apuntaba las líneas maestras del pontificado de Francisco y que creo que en este momento iluminan también a nuestra Iglesia diocesana: “la Semana Santa se nos presenta como una nueva oportunidad para desinstalar un modelo cerrado de experiencia evangelizadora que se reduce a “más de lo mismo” para instalarla Iglesia que es de “puertas abiertas” no porque sólo las abre para recibir sino que las tiene abiertas para salir y celebrar, ayudando a aquellos que no se acercan”.

 

Salir y anunciar que Jesús ha resucitado. ¡Que el mundo lo conozca y lo ame!¡Feliz Pascua!