Bajo la mirada de Dios

Bajo la mirada de Dios

Domingo XXXI del tiempo ordinario

Sb 11,22-12,2 / Sal 144 / 2Ts 1,11-2,2 / Lc 19,1-10

1. Los creyentes podemos vivir seguros

Las lecturas de este domingo nos recuerdan algo que estamos olvidando: que vivimos bajo la mirada de Dios. Y, porque se nos olvida, nos desesperamos al sentir la enfermedad, el paro, la soledad, las dificultades de la vida.

El Evangelio nos habla de la mirada de Jesús, Dios hecho hombre. Una mirada humana y divina, capaz de cambiar el corazón, porque es comprensiva, amable y regeneradora. Sentir esa mirada transforma la existencia. Pero, el relato aclara que Zaqueo se benefició de esa mirada porque buscó, con ingenio, el modo de mirar a Jesús: “Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí”.

La lectura del libro de la Sabiduría habla también, muy atrevidamente, de la misma mirada divina que hace segura y más confiada la vida del creyente: “cierras –afirma interpelando directamente a Dios- los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan, porque amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho”.

2. Sin alarmas ni temores vanos

Olvidar la mirada amorosa de Dios oscurece la existencia humana, que se queda desvalida, bajo la amenaza policial de un estado todopoderoso y cada día más fiscalizador. Los creyentes, si recuerdan esa mirada, pueden sentirse motivados a comportarse responsablemente, sin que tengan que amenazarlos continuamente con multas y sanciones. Y, frente a una sociedad y una ley implacables, el creyente, sabiendo que Dios perdona, puede librarse de la desesperación, cada vez más presente en nuestra sociedad.

También es bueno recordar en el tiempo presente lo que San Pablo escribía a los Tesalonicenses y que leemos hoy en la misa: “Os rogamos a propósito de la última venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis”. Porque, saberse continuamente bajo la mirada amorosa de Dios, libera de temerle cuando aparezca como juez. Y esto, no lo olvidemos, permite una vida más segura y más feliz: menos oscura.

3. La Eucaristía dominical, una mirada y una caricia divina.

En la Eucaristía Dios no sólo mira al creyente, sino que se une a él y lo abraza. Conviene no olvidarlo, para disponerse a comulgar arrepentido y perdonado, encontrándose antes con el mismo Cristo en el sacramento del perdón.

Cuántos temores desaparecen cuando se reciben estas caricias divinas. Y cuánto mejoraría nuestra arruinada sociedad si los creyentes viviéramos acordes con esta verdad que sabemos, pero que con frecuencia olvidamos.

Tal vez estemos necesitando la audacia y el atrevimiento de Zaqueo, para elevarnos sobre nosotros mismos, mirar con fe a Jesucristo y dejarnos mirar por él cuando comulgamos, y así poder decir convertidos: “La mitad de mis bienes doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”. ¡Cambiaría el mundo!

Angel Mª Pascual pascualangelma@hotmail.com

Lunes: Flp 2,1-4 / Sal 130 / Lc 14, 12-14
Martes: Todos los Santos: Ap 7, 2-4. 9-14 / Sal 23 / 1Jn 3, 1-3 / Mt 5, 1-12 a
Miércoles: Conmemoración de todos los fieles difuntos: Lam 3, 17-26 / Sal 129, 1-8 / Rom 6, 3-9 / Jn 14, 1-6
Jueves: Flp 3, 3-8 a / Sal 104 / Lc 15,1-10
Viernes: Flp 3,17-4,1 / Sal 121 / Lc 16,1-8
Sábado: Flp 4, 10-19 / Sal 111 / Lc 16, 9-15