Adorar y amar a Dios, presente en la Eucaristía

Adorar y amar a Dios, presente en la Eucaristía
El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Dt 8, 2-3. 14b-16a /  Sal 147 /  1Co 10, 16-17 /  Jn 6, 51-58

1. Un Dios que se ocupa de los hombres

En la primera lectura de la Misa de esta gran fiesta eucarística, Moisés recuerda al Pueblo de Israel que Dios lo alimentó en el desierto “con un maná que no conocían sus padres”. Nos lo recuerda también a nosotros, que nos quejamos tantas veces de Dios, olvidando que se nos da en la Eucaristía.

Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual, dice el Catecismo. Y añade: Como el alimento corporal sirve para restaurar la pérdida de fuerzas, la Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse. Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos en Él.

Esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo nos recuerda, pues, que Dios se ocupa de nosotros, para que, a su vez nosotros nos ocupemos de Él. Así nuestro mundo recuperará su alma y será menos desértico y más habitable. Y se abrirá a una esperanza que no defrauda.

2. Un Dios que se sacrifica por los hombres

En la segunda lectura de hoy San Pablo se pregunta: “El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿No nos une a todos en el cuerpo de Cristo?”.

Escuchar estas palabras nos recuerda que Dios no quiere sujetarnos sólo con leyes y prohibiciones, sino con su amor sacrificado que lo llevó a derramar su sangre y a dejarse clavar en la cruz. La comunión con ese sacrificio ha fortalecido a los mártires de todos los tiempos y los ha hecho capaces de dar la vida por la verdad, el bien y la libertad auténtica.

El sacrificio de Cristo, del que participamos en la comunión, nos fortalece también a nosotros en las dificultades de cada jornada y en el cansancio de la vida. Sin la comunión tenemos menos fuerzas y menos capacidad de superación. Sin la comunión nos debilitamos, nos frustramos y la vida pierde atractivo. Comulgar es abrirse al futuro, a la vida y a la seguridad del Dios que nos amó hasta dar su vida, por nosotros, en la cruz.

3. Un Dios que vivifica a los hombres

El que como de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Son palabras que parecen imposibles de creer si cada uno de nosotros no tuviera experiencia de su verdad. Gracias a la comunión nuestra vida no se agota en el comer, el beber y el divertirse. Gracias a la comunión nuestra vida no se oscurece cuando la alcanza el dolor, la enfermedad o las incomprensiones. Gracias a la comunión tenemos luz cuando nos amenaza la oscuridad de la duda.

Por eso en esta fiesta los cristianos salimos a la calle, cantando y rezando al Dios de la vida, alegres y contentos, para que se enteren nuestros conciudadanos que están sumidos en la tristeza y la falta de futuro, porque perdieron la alegría de la fe. Que la fiesta del Corpus se la devuelva y contagie a todos nuestra alegría de creyentes.

Ángel Mª Pascual, pascualangelma@hotmail.com

Lunes: 2Cor 6, 1-10  / Sal 97 /  Mt 5, 38-42
Martes: 2Cor  8,1-9  /  Sal 145  /  Mt 5, 43-48
Miércoles: 2Cor  9, 6-11  /  Sal  111  /  Mt 6, 1-6.16-18
Jueves: 2Cor  11, 1-11  / Sal: 110 / Mt  6,7-15
Viernes: EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, Dt 7, 6-11 /  Sal 102  /  1Jn 4, 7-16  /  Mt 11, 25-30
Sábado: NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA, Is 49, 1-6  /  Sal  138 /  Hch 13, 22-26  /  Lc 1, 57-66.80